Vencer el miedo al tiempo
Vivimos en la era de la inmediatez, una época que venera la juventud como si esta no tuviera una fecha de caducidad...
Vivimos en la era de la inmediatez, una época que venera la juventud como si esta no tuviera una fecha de caducidad. Si, la temible etapa del envejecimiento es un tabú.
Muy a nuestro pesar, en esa discreción que solo nos angustia, miramos los cambios inevitables en el cuerpo, y la incertidumbre del mañana. Estamos aterrados ante la idea de que nuestro cuerpo pierda la energía, que las líneas de expresión cuenten nuestra historia y la sumen al peldaño de los años, y que este acelerado mundo nos gane en esa carrera perdida que nos empeñamos a competirle al tiempo.
Y es que el miedo es perfectamente justificable, ese temor que se nos aposenta en el cuerpo nos hace perder de vista una gran verdad: envejecer es el camino que nos garantiza una vida larga. Es verdad, la juventud tiene la fuerza, sin embargo; la madurez y la experiencia son los que poseen el mapa.
El verdadero peligro no se encuentra en los años acumulados, más bien recae en llegar a esta etapa con las manos vacías de experiencias y un corazón duro, lleno de arrepentimientos, y rencores. Lo que la sociedad siempre nos ha vendido como envejecimiento, como una temible etapa de decadencia, es una realidad muy diferente y satisfactoria como lo es la acumulación de experiencias, de perdones, batallas ganadas y lecciones aprendidas, de duelos superados.
Si nos sentamos frente a este período, en una contemplación humilde y sincera, encontraremos que mirar el envejecimiento no es una pérdida, es una cosecha fiel y auténtica de observar con calma sin esos arrebatos por demostrarle al mundo ese “algo” que nunca es suficiente. Por otro lado, dejarlo todo en orden, es un acto de amor para las personas que amamos. Tal parece que las preguntas incomodan cuando de vejez se trata, las conversaciones se van dejando para luego: testamento, voluntades médicas, la repartición de los bienes que costaron una vida entera de esfuerzo.
Por que hay que ser francos, el silencio en este tipo de situaciones suele acarrear fracturas familiares dolorosas. Dejar todo por escrito, planificando tu legado, no es rendirse ante el tiempo, es la manera más lúcida y responsable de abrazar a las personas que amas. Dentro de todo este teje y maneje, orden y planificación, también encontramos que la prevención funeraria es un regalo de paz en el momento del duelo.
Imaginar que al dolor profundo se le sume un problema financiero, es más común de lo que parece, siempre se termina postergando y cuando el destino nos alcanza inevitable, el doblete de dolor se manifiesta en lo económico.
Dejar los gastos funerarios resueltos, no es una idea morbosa, es una decisión sensata, empática y amorosa para las personas que se quedan. Envejecer con dignidad no solo implica la acumulación de años, es asumir la responsabilidad total de nuestra existencia hasta el último minuto.
