La soberbia de Morena

A casi un año de las elecciones, Morena parece caminar sobre una delgada y peligrosa línea de soberbia, al adelantar, con demasiada anticipación...

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A casi un año de las elecciones, Morena parece caminar sobre una delgada y peligrosa línea de soberbia, al adelantar, con demasiada anticipación, el “destape” de quien será su coordinador o coordinadora rumbo a la gubernatura de 2027, figura que en los hechos terminará convertida en candidato o candidata oficial del partido guinda.

De acuerdo con lo anunciado por el propio Morena, el nombramiento podría darse a más tardar el próximo 22 de junio, es decir, prácticamente un año antes de la elección constitucional. Un periodo larguísimo en términos políticos y electorales. Demasiado tiempo para exponer a un aspirante al desgaste natural del poder, a la guerra sucia, a los ataques de adversarios y, peor aún, al cansancio ciudadano.

La estrategia parece sencilla: posicionar desde ahora al perfil elegido, darle reflectores, presencia mediática y ventaja interna. Sin embargo, la historia electoral mexicana demuestra que las campañas demasiado largas terminan desgastando hasta al aspirante más fuerte. El exceso de exposición genera hartazgo social y abre espacios que la oposición sabe aprovechar muy bien.

Morena hoy gobierna Quintana Roo, controla buena parte de la estructura política y mantiene una marca electoral poderosa. Pero precisamente ahí radica el riesgo: caer en el exceso de confianza. Pensar que la elección ya está ganada desde ahora sería un error monumental.

Porque mientras el eventual abanderado morenista recorrerá durante meses el estado cargando la etiqueta de “favorito”, la oposición tendrá tiempo suficiente para reorganizarse, construir alianzas y, sobre todo, esperar el momento adecuado para “cachar” a cuadros inconformes o aspirantes con capital político que no hayan sido favorecidos dentro de Morena.

Y Quintana Roo ya vivió una historia muy parecida.

En 2016, el PRI se adelantó, se confió y prácticamente destapó desde mucho antes a Mauricio Góngora Escalante como su candidato natural. Mientras tanto, la oposición jugó con paciencia e inteligencia. El PAN y el PRD aprovecharon la fractura interna del priismo para postular a Carlos Joaquín González, entonces todavía identificado con el PRI y con importante capital político. El resultado fue histórico: el PRI perdió por primera vez la gubernatura del estado.

La lección debería estar más que aprendida. En política, regalar tiempo nunca es buena idea. Mucho menos cuando ese tiempo puede ser utilizado por los adversarios para construir narrativas de desgaste, magnificar errores de gobierno y explotar cualquier división interna.

Además, Morena tampoco debería minimizar el factor ciudadano. Las campañas eternas terminan cansando. Ver durante un año completo al mismo personaje en espectaculares, giras, entrevistas y eventos públicos puede provocar exactamente el efecto contrario al deseado. La sobreexposición desgasta incluso a los perfiles mejor posicionados.

Por eso el partido guinda tendría que actuar con prudencia y no confundir fortaleza electoral con invulnerabilidad política. Una cosa es organizar sus tiempos internos y otra muy distinta adelantar una sucesión con demasiada anticipación, casi como si el resultado estuviera definido desde ahora.

Porque en materia electoral no se puede conceder ningún tipo de ventaja. Y mucho menos competir desde la comodidad del exceso de confianza.

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