El problema no es la tecnología, es dejar de pensar
Hay una pregunta que se ha repetido de distintas maneras en prácticamente todas las discusiones que hemos tenido sobre inteligencia artificial
Hay una pregunta que se ha repetido de distintas maneras en prácticamente todas las discusiones que hemos tenido sobre inteligencia artificial, redes sociales y tecnología: ¿en qué momento dejamos de utilizar las herramientas y comenzamos a permitir que las herramientas nos utilicen a nosotros?
No parece una pregunta especialmente complicada, pero la respuesta sí lo es, porque buena parte de nuestra relación con la tecnología consiste precisamente en entregar pequeñas decisiones a cambio de comodidad.
Lo hicimos con las redes sociales. Al principio entramos para comunicarnos, encontrar personas, compartir fotografías o simplemente saber qué ocurría con nuestros amigos. Después llegaron los algoritmos y comenzaron a decidir qué aparecía frente a nosotros. No necesariamente porque alguien quisiera controlar nuestra vida, sino porque descubrimos que mantener nuestra atención era un negocio. El problema apareció cuando dejamos de preguntarnos por qué veíamos determinadas cosas y comenzamos a asumir que, si estaban frente a nosotros, debían ser importantes.
Con la inteligencia artificial ocurre algo todavía más interesante. La herramienta ya no solamente selecciona contenido: puede redactar, resumir, crear imágenes, organizar información, responder preguntas y ayudarnos a desarrollar ideas. Eso es extraordinariamente útil, pero también nos coloca frente a una responsabilidad que no siempre queremos asumir.
Ahí aparece una paradoja que hemos visto una y otra vez. Tenemos más herramientas para investigar, contrastar información y desarrollar nuestras propias ideas que cualquier generación anterior, pero también tenemos más posibilidades de dejar de hacerlo.
Las redes sociales demostraron algo que la inteligencia artificial está llevando a otro nivel: todos podemos tener una voz, pero eso no significa que todas las opiniones tengan el mismo valor. El problema es que hemos comenzado a confundir la libertad de expresión con la obligación de los demás de darnos la razón: cuando alguien contradice una opinión, aparece rápidamente la acusación de censura, ataque o intolerancia, aunque en realidad nadie nos haya impedido hablar.
Y cuando esa incomodidad crece, aparece una solución aparentemente sencilla: que alguien controle lo que nos molesta. Ahí entran los gobiernos, las regulaciones, las propuestas para controlar redes sociales, los filtros para la inteligencia artificial y todo aquello que se presenta bajo argumentos razonables como proteger a los usuarios, cuidar a los jóvenes o combatir la desinformación.
Peligroso, ¿por qué? Porque el control siempre parece razonable cuando se presenta como una solución a algo que nos incomoda. Lo hemos visto también en el otro extremo: cuando una narrativa se impone en redes sociales, dejamos de preguntar si realmente conocemos el problema y simplemente nos sumamos.
Entonces terminamos atrapados entre dos posibilidades que parecen distintas, pero en realidad son bastante parecidas. Por un lado, dejamos que un algoritmo decida qué queremos ver. Por otro, exigimos que una autoridad decida qué deberíamos ver. En ambos casos existe una tentación muy cómoda: dejar que alguien más haga el trabajo de pensar.
Por eso el debate sobre tecnología no debería reducirse a decidir si la inteligencia artificial es buena o mala, si las redes sociales deben regularse o si los algoritmos son peligrosos. La discusión más importante sigue siendo mucho más sencilla: qué tan dispuestos estamos a conservar nuestro criterio cuando tenemos la posibilidad de delegarlo todo.
No necesitamos convertirnos en enemigos de la tecnología, lo que sí podemos hacer es aprender a utilizar esas herramientas sin entregarles nuestra capacidad para decidir. Saber cuándo buscar una fuente antes de preguntarle a una IA. Saber cuándo cerrar una aplicación porque llevamos demasiado tiempo consumiendo lo mismo. Saber que una opinión puede ser legítima y, al mismo tiempo, estar equivocada.
En el fondo, todo vuelve al mismo punto: la herramienta no es el problema si todavía sabemos quién la está utilizando.
