Cuando la economía vale más que la salud
Hay una contradicción que define a buena parte de las políticas públicas del siglo XXI: se habla de desarrollo...
Hay una contradicción que define a buena parte de las políticas públicas del siglo XXI: se habla de desarrollo, pero se abandona la salud. Se presume crecimiento económico mientras hospitales carecen de personal, medicamentos e infraestructura; se anuncian inversiones multimillonarias mientras aumentan la obesidad, la diabetes, el cáncer, las enfermedades cardiovasculares y los trastornos de salud mental. La economía se presenta como el motor del bienestar, aunque millones de personas vivan cada día más enfermas.
Durante décadas se ha sostenido que primero debe crecer la economía y que, tarde o temprano, sus beneficios alcanzarán a toda la sociedad. La realidad ha demostrado que esa promesa, en demasiados casos, nunca llega. El crecimiento económico puede enriquecer las estadísticas sin mejorar la calidad de vida de la población. Una nación puede construir más edificios, atraer más inversiones y romper récords turísticos, mientras su sistema de salud se deteriora silenciosamente.
El error comienza cuando la salud deja de entenderse como una inversión y se convierte en un gasto. Bajo esa lógica, los programas de prevención son los primeros en sufrir recortes, la atención primaria pierde importancia y los hospitales trabajan permanentemente al límite. Después llegan las explicaciones, las justificaciones y los discursos, pero nunca la autocrítica.
La política también tiene su cuota de responsabilidad. Una obra pública genera fotografías, inauguraciones y rentabilidad electoral; una campaña de prevención salva vidas, pero difícilmente produce titulares. Los gobiernos suelen privilegiar aquello que puede presumirse antes de la siguiente elección, aunque el costo sanitario aparezca años después.
La Península de Yucatán ilustra con claridad este dilema. El crecimiento urbano, turístico e inmobiliario ha sido celebrado como sinónimo de progreso. Sin embargo, junto con la expansión también aumentan la presión sobre los servicios de salud, la demana de dengue, los problemas de movilidad, el deterioro ambiental y los riesgos asociados al calor extremo. Cuando el desarrollo no incorpora la salud como eje de planeación, deja de ser desarrollo para convertirse en una fuente de nuevos problemas.
La evidencia es contundente: no existe economía fuerte con una población enferma. Cada trabajador incapacitado, cada paciente que abandona su empleo por una enfermedad crónica y cada familia empobrecida por gastos médicos representan pérdidas económicas que ninguna estadística oficial suele destacar. Descuidar la salud no ahorra recursos; simplemente traslada el costo a los hogares y al futuro.
Ha llegado el momento de invertir el orden de las prioridades. La economía debe estar al servicio de la salud y no la salud al servicio de la economía. El verdadero desarrollo no consiste únicamente en atraer inversiones o incrementar el producto interno bruto; consiste en garantizar que las personas vivan más, vivan mejor y tengan acceso oportuno a servicios de salud dignos.
La grandeza de un país no se mide por el número de grúas que levantan edificios ni por los millones que llegan en inversión. Se mide por las vidas que logra proteger. Cuando un gobierno presume crecimiento económico mientras sus hospitales colapsan, no está administrando el progreso; está administrando el fracaso. Porque ninguna cifra macroeconómica tiene más valor que una vida humana. Y cuando una
