52 aniversario

Quintana Roo cumplió 52 años como estado libre y soberano, el pasado 8 de octubre. La celebración tuvo lugar en Chetumal, pero más allá de los discursos...

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Quintana Roo cumplió 52 años como estado libre y soberano, el pasado 8 de octubre. La celebración tuvo lugar en Chetumal, pero más allá de los discursos, los reconocimientos y las fotografías oficiales, hay una realidad que merece un análisis severo: el modelo turístico que ha convertido a esta entidad en una potencia internacional hoy enfrenta desafíos que ya no pueden esconderse detrás de cifras de visitantes ni de los mensajes de prosperidad.

Durante décadas, Cancún, Playa del Carmen y Tulum fueron sinónimo de crecimiento, inversión y oportunidades. El turismo transformó la selva en ciudades, atrajo capitales de todo el mundo y convirtió a Quintana Roo en uno de los principales motores económicos de México. Sin embargo, ese éxito también construyó una dependencia peligrosa: aquí, cuando el turismo se desacelera, prácticamente toda la economía resiente el golpe.

Hoy las preocupaciones se acumulan. Los empresarios hablan de costos crecientes, competencia cada vez más agresiva, dificultades para mantener la rentabilidad y una demanda que ya no necesariamente se traduce en el mismo gasto por visitante. Los trabajadores, por su parte, resienten cualquier reducción de la actividad en sus propinas, jornadas, ingresos y estabilidad laboral. No basta con saber cuántos turistas llegan; también hay que preguntarse cuánto gastan, cuánto tiempo permanecen y qué parte de esa riqueza termina realmente en los bolsillos de las familias quintanarroenses.

Tulum es quizá uno de los ejemplos más visibles de las contradicciones del crecimiento acelerado. La expansión inmobiliaria, la oferta de hospedaje y las expectativas de rentabilidad han elevado la presión sobre los servicios, la vivienda y la infraestructura. Cuando una inversión no consigue los rendimientos prometidos, el problema no se limita al propietario de un departamento, también pone en evidencia los riesgos de un desarrollo que puede crecer más rápido que la demanda y la capacidad de las autoridades para ordenarlo.

Playa del Carmen enfrenta sus propios retos, el costo de vivir en una ciudad turística, la competencia entre establecimientos, la seguridad y la necesidad de conservar el atractivo de su zona comercial. Cancún, por su parte, debe defender su posición frente a otros destinos del Caribe y responder a visitantes que comparan precios, calidad, conectividad y seguridad antes de elegir dónde vacacionar.

No se trata de anunciar que el turismo ha muerto ni de afirmar, sin datos suficientes, que estos destinos atraviesan el peor momento de su historia. Se trata de reconocer que el éxito pasado no garantiza el futuro y que la competencia internacional no espera a que resolvamos nuestros problemas.

Mientras tanto, desde el discurso oficial se insiste en la prosperidad, en la reducción de la pobreza y en los avances de la transformación. Son objetivos que deben evaluarse por sus resultados concretos, pero que también obligan a formular una pregunta incómoda: ¿de qué sirve presumir crecimiento si quienes sostienen la actividad turística siguen enfrentando rentas elevadas, transporte deficiente, servicios públicos insuficientes y empleos vulnerables a cualquier caída de la demanda?

La prosperidad no puede medirse únicamente por el número de habitaciones construidas, los pasajeros que pasan por los aeropuertos o los visitantes que llegan a nuestras playas. También debe medirse por la calidad de vida de quienes trabajan en los hoteles, restaurantes, comercios y servicios; por la posibilidad de que una familia pueda pagar una vivienda cerca de su empleo; y por la capacidad de los municipios para ofrecer calles transitables, agua potable, seguridad y espacios públicos dignos.

El gobierno de Mara Lezama tiene ante sí una responsabilidad que va más allá de comunicar resultados y mantener la estabilidad política. La concentración de poder y la falta de contrapesos efectivos hacen todavía más necesaria la rendición de cuentas. Si existen condiciones para impulsar cambios de fondo, también debe existir la voluntad de reconocer lo que no funciona, corregirlo y explicar con transparencia qué resultados se están obteniendo.

Porque la verdadera prosperidad no consiste en recibir cada vez más visitantes, sino en construir un estado donde sus habitantes puedan vivir mejor gracias a la riqueza que generan.

 Y esa tarea no puede esperar a que la crisis sea imposible de ocultar.

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