El valor de la enfermedad
Reflexiones espirituales, columna de Roberto Díaz y Díaz
Tenemos cuatro aspiraciones: el deseo de la felicidad, la crisis del dolor, la necesidad de la esperanza, la preocupación por la salud y su relación con la fe. Recordemos que la salud es el resultado del equilibrio entre lo biológico, lo psicológico, lo social y lo espiritual, y no tan solo la ausencia de enfermedad.
Pero tenemos que reconocer que surgen de manera inevitable preguntas ante lo incomprensible: ¿qué hacer ante la enfermedad, ante un accidente absurdo, ante un problema crónico o terminal, ante las incapacidades o el envejecimiento? Desde una perspectiva realista se hace muy necesario reflexionar y desarrollar una forma sana de enfrentar la enfermedad, los límites biológicos de nuestra existencia, la vejez o la proximidad de la muerte.
En ocasiones la enfermedad pone en marcha un sistema de alerta, que representa la reacción extrema del organismo en su búsqueda natural por el equilibrio y la salud. Otras veces, la enfermedad puede ser un disparador que desencadena una serie de reacciones benéficas en la persona, la enfermedad se convierte en muchas ocasiones en una experiencia generadora de salud. Pues hace reaccionar a la persona, la obliga a reorientar su vida de una manera más sana.
La enfermedad no es el enemigo, como muchos de nosotros la consideramos, puede ser también expresión de la sabiduría del cuerpo que reacciona, y pone en marcha un complejo sistema de alarma, para que la persona reoriente su vida de forma mucho más sana. Puede ser una experiencia que permite descubrir más fácilmente lo esencial de la vida, a veces cuando estamos enfermos es cuando se nos derrumban las falsas ilusiones, se desvela lo erróneo de muchas actitudes y comportamientos. Con frecuencia la enfermedad es lo que nos permite avanzar hacia lo esencial para comprender lo que es realmente necesario, para que la vida sea acertada. El enfermo grave capta como nadie, lo que merece la pena y lo que es secundario. Podríamos decir que es así como crece en él una sabiduría particular para intuir lo esencial de la existencia.
La fe está llamada a ser estímulo, consuelo, esperanza, que ayude al enfermo a vivir su enfermedad como un lugar de renovación y de crecimiento humano y también cristiano.
El famoso psicólogo Carl Young se atrevió a definir la enfermedad como “El sufrimiento del alma que no ha encontrado su sentido”. Aunque si no quisiéramos asumir tales extremos, lo que sin duda podemos afirmar, es que el individuo que no reconoce el compromiso profundo del amor ignora la energía más decisiva para vivir una vida saludable, ya que el amor es, creo yo, el que puede dar sentido a nuestra vida.
