El diálogo en familia

Reflexiones espirituales, columna de Roberto Díaz y Díaz: El diálogo en familia

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“Nunca permitas que la conducta de otra persona te afecte y jamás trates de controlar la conducta de otra persona”. Esa es una frase de Melody Beattie, en su libro “Ya no seas codependiente”.

Y bueno sería preguntarnos hoy cuánto somos manipulados o manipulamos a nuestro prójimo. En nuestra familia no dialogamos ni nos damos un tiempo para escuchar a nuestra pareja e hijos, sólo imponemos nuestra voluntad.

Por eso en nuestro hogar hay malestar y desarmonía, pues cuando hablamos y nos contestan estamos pensando cómo rebatir y no sabemos escuchar. Ese es nuestro mal: “no saber escuchar, sólo nos endiosamos y la opinión de nuestra familia no cuenta”.

Cuántas veces sólo exigimos nuestros derechos y no sabemos cumplir con nuestras obligaciones. Bien dice Lamennais: “El derecho y el deber son como las palmeras: no dan fruto si no crecen uno junto al otro”.

Todos tenemos en el hogar nuestros derechos, pero también hay que saber cumplir, y para eso hay que dialogar en familia, pero en forma sencilla, sin pleitos ni agresiones verbales. Cuántas reglas calladas no desarrollamos en el hogar, ya sea por egoísmo o por ese egocentrismo que nos aísla y destruye día a día.

No hablamos de los problemas, pues nos disgusta escuchar, lo cual sólo nos altera la paz espiritual; pero cuando nos damos cuenta, nuestro hijo ya es drogadicto o a la niña de nuestros ojos ya la embarazaron.

Somos ciegos ante los problemas del hogar, sólo vemos nuestro trabajo y las contrariedades que ahí se suscitan. No expresamos nuestros sentimientos, no pedimos ni damos amor, sólo nos abrazamos en Navidad, para un cumpleaños o en un entierro; somos como un cadáver en lo afectivo, las emociones y las lágrimas sentimentales nunca las valoramos.

No hay comunicación abierta y sincera con nuestros hijos, no hay honestidad en nuestras palabras, y cuando hablamos nunca les miramos a los ojos, pues tenemos miedo de expresar lo que sentimos y lo humano de nuestra vulnerabilidad en lo afectivo nos incomoda y molesta.

Somos egoístas, pues sentimos que solos podemos conllevar nuestros problemas, se nos olvida que la familia es un equipo y nosotros somos la cabeza que debe dar y recibir amor, pues la única forma de poder salvar el juicio y no caer en la depresión es elegir el amor y la esperanza por encima de la desesperación.

Se nos ha olvidado que “el amor no hará girar al mundo, pero sí hace que el viaje valga la pena”. Hoy, no mañana, podríamos empezar a dialogar con la familia.

¿Qué es lo que tu pareja siente, espera y desea de ti y de la vida? Y de nuestros hijos averiguar sus deseos, aspiraciones y esperanzas. Si se muriera hoy tu esposa o tu hijo ¿qué te gustaría haberles dicho?

Espero que eso nunca pase, pero ¿sabes qué les dirías? Aprendamos a escuchar a la familia y salir de nuestro egoísmo, es una buena forma para ser feliz hoy y ahora.

Ante los problemas cotidianos, hay que llenarnos de ánimo y optimismo para poder subsistir. Todos los días hay que tener el alma siempre despierta y creativa, llenando nuestro espíritu de Dios, teniendo en cuenta que su plan es el mejor para realizar, viviendo con la familia en amor, con mucho diálogo y generando comprensión.

No hay que olvidar la frase de Phil Busman: “Ni siquiera con todo el dinero del mundo podrás producir un gramo de amor”.

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