Coro Valladolid, treinta años de dulces armonías

Crónicas del oriente, columna de Leonel Escalante Aguilar: Coro Valladolid, treinta años de dulces armonías

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Hay ciudades que crecen únicamente entre el ruido de sus calles y el vértigo de los días. Otras, en cambio, logran elevar el espíritu de sus habitantes a través del arte y la sensibilidad. Valladolid pertenece a estas últimas. Su historia cultural ha sido construida por hombres y mujeres que, desde distintos escenarios, han sabido sembrar belleza, disciplina y amor por las expresiones artísticas. Entre esas nobles manifestaciones, la música coral un buen día nos atrapó y hoy ocupa un lugar profundamente entrañable en muchos de nosotros.

Hace treinta años, casi silenciosamente, comenzó a escribirse una de las páginas más emotivas de la vida cultural vallisoletana. Corría el año de 1996 cuando el Instituto Cultural Valladolid A.C. -Incuva- conocedor del trabajo que desde tiempo atrás realizaba el maestro Jorge Medina Leal (considerado uno de los mejores directores corales del país), con la Escuela de Música Coral, le extendió la invitación para formar en la ciudad una agrupación semejante a aquellas que ya daban prestigio musical a Mérida (el Coro Yucatán y el Octeto de música coral). La semilla estaba lista para germinar.

El maestro Medina aceptó el reto y con ello inició una aventura artística que, tres décadas después, continúa llenando de armonía los espacios y la memoria de Valladolid.

Los primeros ensayos tuvieron lugar en la Casona de Arte y Cultura “Francisca Rosado Sabido”. Allí, dos veces por semana, un grupo de jóvenes y adultos con entusiastas voces comenzaba a descubrir el milagro de la música coral. Los integrantes del Incuva aportaban generosamente recursos de su propio bolsillo para sostener aquel sueño que apenas daba sus primeros pasos.

Al principio fueron obras sencillas, pequeños cánones y melodías que parecían y sonaban tímidas pero que lentamente al unir las voces dieron paso a sencillas y melodiosas armonías: “Dona Nobis Pacem” de W.A. Mozart, “Válgame señora mía” de Enrique VIII, “Mi caballo blanco” de Francisco Flores del Campo, “Dulce embeleso” de Miguel Matamoros, y “Dos corazones” de Blas Galindo. Siguieron en el repertorio “Elisa” de Mambrú, “Pavana”, “Ay triste que vengo”, “La cucaracha”, y así comenzó a resonar entre aquellas paredes antiguas la música que se iba transformando en emoción compartida.

No era fácil. La disciplina coral exige paciencia, oído, entrega y humildad. El maestro Medina corregía una y otra vez cada entrada, cada respiración y cada matiz buscando el equilibrio perfecto entre soprano, contralto, tenor y bajo. El diapasón marcaba el tono preciso y entonces las voces, todavía inseguras, intentaban encontrarse unas con otras hasta lograr esa misteriosa unidad que solamente la música coral puede regalarnos: el instante exacto en que varias voces dejan de ser individuales para convertirse en una sola emoción.

Los integrantes del Coro Yucatán, que en ocasiones apoyaban los ensayos, aportaban seguridad y experiencia. Escucharlos era comprender la enorme distancia entre aprender a cantar y verdaderamente conmover a través del canto. Pero también era estímulo y esperanza.

Y entonces llegó el primer concierto. Octubre de 1996. Otoño Cultural. III Festival Internacional de Coros. Frente al público, las voces vallisoletanas descubrieron por primera vez la emoción irrepetible de recibir aplausos. Aplausos nacidos no solamente de la ejecución musical, sino del esfuerzo silencioso de tantos meses de trabajo y perseverancia. Con el paso del tiempo, el coro comenzó también a transformarse en familia.

En 1997, el maestro Jorge Medina dejó la dirección en manos del maestro Juan Villegas Nieto, mientras la maestra Nidia Góngora Cervera asumía la conducción de “Los Niños Cantores de la Casa de la Cultura”. Ambas agrupaciones pasaron entonces a formar parte del Ayuntamiento de Valladolid, fortaleciendo así la vida artística de la ciudad.

Vendrían después nuevos directores, nuevos integrantes, nuevos aprendizajes y también inevitables pausas. El maestro Víctor Rubio Ramírez y el maestro Marcos Aké aportaron igualmente sensibilidad y trabajo al proyecto coral. Sin embargo, el nombre de la maestra Nidia Góngora quedó profundamente unido al destino del coro. Su regreso significó nuevos bríos, renovada esperanza y una entrega paciente que ha permitido mantener viva esta agrupación durante tantos años.

A lo largo de estas tres décadas, el Coro Valladolid ha ofrecido conciertos en diversos teatros, iglesias y plazas públicas con melodías que han emocionado a generaciones enteras. Ha llevado su música a Mérida, Tizimín, Cozumel, Playa del Carmen, Umán y numerosas comunidades yucatecas. Ha representado dignamente a Valladolid en importantes encuentros corales y ha vivido momentos memorables, como su
participación en el monumental concierto de Plácido Domingo en Chichén Itzá, así como las interpretaciones magistrales junto a la Orquesta Sinfónica de Yucatán con obras tan grandiosas como “Carmina Burana” de Carl Orff, la “Misa en Sol Mayor” de Schubert y la “Misa de Coronación” de W.A. Mozart.

Pero más allá de los escenarios y reconocimientos, el verdadero valor de la maestra Nidia en el Coro Valladolid reside en algo mucho más profundo: haber enseñado a varias generaciones que la armonía también puede construirse entre seres humanos.

Treinta años después, algunas de aquellas voces que comenzaron cantando tímidamente en una antigua casona siguen elevándose sobre Valladolid como una dulce memoria colectiva y a la que muchas otras se han sumado. Son voces que han aprendido no solo a disfrutar del canto coral, sino a resistir también el paso del tiempo, las dificultades y los silencios. Voces que continúan recordándonos que una ciudad también se engrandece cuando sabe cantar unida.

Y mientras exista alguien como nuestra querida Nidia, dispuesta a abrir el corazón ante la música, las armonías del Coro Valladolid seguirán llenando de vida y de arte musical esta entrañable y culta ciudad de tan sólo 483 años. Gracias Coro Valladolid por este hermoso regalo en tan mágica noche de aniversario.

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