El Cenote Zací. Corazón natural de Valladolid

Crónicas del oriente, columna de Leonel Escalante Aguilar: El Cenote Zací. Corazón natural de Valladolid

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En el corazón de la ciudad de Valladolid, oculto entre las calles del antiguo trazado urbano, se abre como un prodigio de la naturaleza el Cenote Zací, uno de los sitios más emblemáticos y entrañables de la ciudad. Su bóveda parcialmente abierta permite que la luz del sol descienda hasta las aguas profundas, dibujando reflejos que asombran a quienes lo visitan.

Hoy es un espacio de encuentro para viajeros y habitantes, donde además de contemplar su belleza natural es posible disfrutar, en su restaurante, de algunos de los sabores más representativos de la cocina tradicional yucateca.

El desaparecido cronista de la ciudad, Néstor Aguilar Pérez, dejó valiosos apuntes sobre los primeros años de este sitio. De acuerdo con datos del catastro municipal, el terreno perteneció al señor Glicerio Sosa, cuyos linderos estaban marcados por las actuales calles 37 al norte, 36 al oriente, 39 al sur y 34 al poniente.

En aquellos tiempos el cenote era apenas un paraje natural al que se accedía por la calle 37. El predio lucía en cierto abandono, aunque su propietario permitía el acceso a quienes deseaban refrescarse en sus aguas. Los niños pagaban tres centavos y los adultos cinco para disfrutar de aquel baño refrescante que, en los días de calor, resultaba irresistible.

Pero la historia del cenote también guarda episodios que marcaron la memoria colectiva de los vallisoletanos. En 1936 un estruendo sacudió la tranquilidad del lugar: parte de la bóveda poniente se derrumbó y enormes bloques de piedra cayeron al fondo del cenote. El acontecimiento provocó temor entre los vecinos, por lo que el sitio fue cercado y durante un tiempo se restringió el acceso al público.

Años más tarde, en 1943, cuando Valladolid celebraba el cuarto centenario de su fundación, el cenote volvió a convertirse en escenario de convivencia y entusiasmo. En sus aguas se organizaron competencias de natación y clavados en las que participaron jóvenes de la localidad. Aquellas jornadas deportivas, registradas por la prensa de la época, resultaron un éxito y devolvieron al cenote parte de su vitalidad.

Entre los relatos transmitidos por generaciones se recuerda también una curiosa leyenda urbana. Se decía que cuando el agua del cenote adquiría un tono rojizo era señal de que algún cristiano habría de perder la vida en sus profundidades. Con el paso del tiempo, algunos accidentes ocurridos en sus aguas parecieron alimentar aquella creencia, que quedó grabada en la memoria popular.

Fue décadas después cuando el destino del cenote cambió definitivamente. Durante su campaña política, el entonces candidato a gobernador Luis Torres Mesías escuchó la propuesta de rescatar el lugar y convertirlo en atractivo turístico. Ya como gobernador regresó a Valladolid acompañado del arquitecto Miguel Cervera Mangas, con quien evaluó las obras necesarias para su rehabilitación.

Los trabajos se inauguraron el 2 de febrero de 1965, en las festividades de la Candelaria, durante la administración municipal de Francisco Medina Núñez. Se construyó el acceso al cenote, una amplia palapa destinada a restaurante y un teatro al aire libre que pronto se convirtió en punto de reunión para diversas actividades.

Desde entonces, este espacio ha sido testigo de innumerables momentos de la vida vallisoletana. Durante algún tiempo albergó un pequeño zoológico con especies de la región y también un centro artesanal que aún hoy ofrece hermosas piezas elaboradas en bejuco, talabartería y bordados tradicionales.

En la memoria de muchos permanecen aquellas animadas presentaciones de comparsas durante los carnavales, cuando la música y el color llenaban el recinto de alegría.

Pero no todo han sido celebraciones. En 2004, una tarde quedó marcada por el incendio que consumió la palapa del restaurante, provocado accidentalmente por juegos pirotécnicos que cayeron sobre su techo de paja. A pesar de ello, el cenote volvió a levantarse como lo ha hecho tantas veces a lo largo de su historia.

Hoy, el Cenote Zací continúa siendo uno de los grandes símbolos de Valladolid: un espacio donde la naturaleza, la historia y la vida cotidiana se entrelazan. Su teatro al aire libre, aún con gran potencial cultural, podría convertirse en escenario de representaciones teatrales y artísticas inspiradas en la historia de la ciudad, ofreciendo a los visitantes una experiencia que una el paisaje natural con la memoria viva de Valladolid.

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