José María Iturralde Traconis: a cien años de su fallecimiento

Crónicas del oriente, columna de Leonel Escalante Aguilar: José María Iturralde Traconis: a cien años de su fallecimiento

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Los pueblos que honran a sus hombres ilustres fortalecen su memoria y engrandecen su porvenir.
Francisco Luna Kan

El martes 15 de junio de 1976 tuvo lugar en el Palacio Municipal de Valladolid una emotiva ceremonia con motivo de la premiación del Concurso de Expresión Literaria convocado por las autoridades municipales que encabezaba el estimado maestro Víctor Gómez Escobedo.

Tuve entonces la fortuna de obtener el primer lugar con una semblanza biográfica dedicada a don José María Iturralde Traconis, gobernador interino de Yucatán, de cuyo fallecimiento se cumplían cincuenta años. Don Pepe, como cariñosamente le llamaban familiares y amigos, murió trágicamente en un accidente automovilístico el 16 de junio de 1926.

Hoy, cuando se cumplen cien años de aquel lamentable acontecimiento, su memoria debería permanecer intacta gracias al extraordinario legado que dejó a Yucatán y, especialmente, al profundo amor que profesó a Valladolid, la ciudad que lo vio nacer. Comparto, a manera de homenaje, algunos fragmentos de aquel trabajo juvenil inspirado en tan ilustre vallisoletano.

Valladolid fue la cuna de un hombre excepcional que, aun cuando la vida y la política lo llevaron lejos de su tierra, jamás dejó de llevarla en el corazón: don José María Iturralde Traconis. Nació en esta Sultana de Oriente el 4 de julio de 1891. Fueron sus padres don José Evaristo Iturralde Navarrete y doña Joaquina Traconis Marmolejo.

Realizó sus primeros estudios en el Colegio Católico Marista de Valladolid y cursó la enseñanza secundaria en el histórico Colegio de San Ildefonso de Mérida, por recomendación de su bisabuelo, el exgobernador José María Iturralde Lara.

Su sincera amistad con Felipe Carrillo Puerto y la coincidencia de ideales en favor de la justicia social y el progreso de los más necesitados marcaron el inicio de una brillante trayectoria política. En 1918 asumió la presidencia del Partido Socialista del Sureste en Valladolid. Carrillo Puerto, reconociendo su capacidad y liderazgo, lo impulsó como candidato a diputado federal.

Desde entonces recorrió junto al futuro gobernador numerosos pueblos de Yucatán. En aquellas giras fortaleció su cercanía con los campesinos, a quienes escuchaba y comprendía gracias a su dominio del idioma maya. Su sencillez, trato cordial y vocación de servicio lo convirtieron rápidamente en una de las figuras políticas más respetadas del oriente yucateco.

Tenía apenas veintisiete años y ya ocupaba un lugar destacado en la vida pública del estado. Su liderazgo natural y su cercanía con la gente hicieron de él la principal figura política de la región vallisoletana.

Sobre aquellos años escribió Rafael Bustillo Méndez en su obra “El Gran Kanxoc”:

“Entonces a don José María lo llamaban cariñosamente sus familiares y amigos íntimos ‘Pepe’; sus adversarios, ‘El Gran Kanxoc’; sus colaboradores cercanos, ‘Jefe’; mientras que para los campesinos era simplemente ‘Compañero’. Desde esa época se inició un diálogo que sólo interrumpió la muerte. Y ni ésta, porque el diálogo continúa en silencio, usando el lenguaje de las almas”.

En 1921 fue electo presidente municipal de Valladolid. Asumió el cargo el 1 de enero de 1922 con la firme intención de impulsar el desarrollo de su ciudad natal. Aunque permaneció pocos meses en la alcaldía debido a su postulación como diputado federal, dejó encaminados importantes proyectos.

Uno de ellos fue la instalación de una planta eléctrica que sacara a Valladolid de la oscuridad en la que permanecía cada noche. Desde entonces concibió la idea de adaptar el antiguo templo de San Roque para albergar dicha infraestructura.

La tragedia del fusilamiento de Felipe Carrillo Puerto y sus hermanos, en enero de 1924, lo afectó profundamente. Sin embargo, poco después las circunstancias lo colocarían en una de las mayores responsabilidades de su vida.

Tras la caída del gobierno carrillista, el presidente Álvaro Obregón intervino para resolver la situación política de Yucatán. Después de algunos días de incertidumbre, José María Iturralde Traconis fue designado gobernador interino del estado, cargo que asumió a mediados de 1924.

Aunque gobernó apenas veinte meses, su administración se distinguió por el orden, la eficiencia y una visión modernizadora poco común para su tiempo.

Pensó primero en Valladolid.

Le dolía ver las calles polvorientas y deterioradas de la ciudad donde había nacido. Por ello impulsó la construcción de las primeras calles petrolizadas y adoquinadas, transformando la imagen urbana de la población. Asimismo, promovió la instalación de un moderno sistema de drenaje, considerado entre los mejores de Yucatán.
Pero aún faltaba cumplir uno de sus mayores sueños: dotar de energía eléctrica a Valladolid.

La meta se alcanzó el 4 de julio de 1925, precisamente el día en que cumplía treinta y cuatro años de edad. Aquella jornada quedó grabada en la memoria colectiva de la ciudad. Valladolid se vistió de fiesta para celebrar la inauguración de la planta eléctrica instalada en el antiguo templo de San Roque y la modernización de sus calles.

Acompañado por el general Francisco Serrano, representante personal del presidente de la República, don Pepe regresó triunfante a su tierra natal para compartir con sus paisanos los frutos de su esfuerzo.

El 1 de febrero de 1926 entregó el gobierno estatal a su sucesor, el doctor Álvaro Torre Díaz. Su intención era retirarse temporalmente de la vida pública, pero el presidente Plutarco Elías Calles, quien le profesaba gran estima, impulsó nuevamente su candidatura a diputado federal.

La historia, sin embargo, tenía otro destino reservado.

La tarde del 16 de junio de 1926, un accidente automovilístico ocurrido en las cercanías del Cementerio General de Valladolid truncó su vida cuando apenas contaba treinta y tres años. En el vehículo viajaban también su chofer, quien falleció en el percance, y sus acompañantes Ernesto Alcocer Osorno, Lucio Loría Rivero y Cesáreo Jiménez, quienes resultaron heridos.

La noticia causó profunda consternación en toda la entidad. Sus funerales fueron multitudinarios. Miles de campesinos acudieron a despedir al hombre que siempre los trató como iguales y defendió sus causas con pasión. Lloraban al compañero, al amigo, al líder popular que había sabido ganarse el cariño del pueblo.

Como reconocimiento a su legado, por decreto del Congreso del Estado nuestra ciudad lleva oficialmente el nombre de Valladolid de Iturralde Traconis. Escuelas, teatro, salones públicos y monumentos perpetúan su memoria. Su nombre permanece inscrito en la historia y en el corazón de generaciones enteras de vallisoletanos.

En el Cementerio General reposan sus restos bajo un majestuoso monumento de mármol donde aparece rodeado de aquellos a quienes más quiso y sirvió: los campesinos de Yucatán.

A cien años de su fallecimiento, la figura de José María Iturralde Traconis sigue siendo ejemplo de visión, trabajo, compromiso social y amor por la tierra que lo vio nacer.
Porque hay hombres que trascienden su tiempo y se convierten en patrimonio moral de los pueblos. Y don José María Iturralde Traconis es, sin duda, uno de ellos.

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