El llamado

Lecturas, columna de Julia Yerves Díaz: El llamado

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De todas las experiencias humanas, la maternidad es una de las más absolutas. Lejos de romantizarla ni volverla un momento mágico de tránsito fluido y amable, se trata de una transformación profunda, de un volcán interno que hace erupción y cuya fuerza se sabe incontenible. Es violenta, solitaria, difícil y muchas veces incomprendida.

Dentro de esta fuerza, y en paralelo, se vive la experiencia de amar con el corazón en las manos y con el cuerpo listo para entregarse sin considerar mucho lo que dicte la mente. Perdemos control, perdemos memoria y la sensación de lo inmediato. Nos establecemos como nuevos seres cuyo cuerpo es dispuesto voluntariamente para criar y proteger, para ser hogar, para darlo todo y aprender a vivir con una parte que ya no nos corresponde. Crear vida es eso; vivir aparte. En “El llamado”, cuento de la argentina Selva Almada, leemos un relato que plantea una distancia con los primeros instantes de la maternidad. La perspectiva ahora es la de una mujer que, tras los años, ha recuperado su cuerpo. No físicamente. Ha retomado eso que le pertenece y que ahora no sirve de alimento ni refugio; sin contacto con manos que lo necesitan. Ahora recibe llamadas de vez en cuando para tener noticias de aquellos a quienes sostuvo con literalmente con su vida.

Una madre de dos hijos mira hacia el patio de su casa a través de una ventana. Observa a su jardinero de confianza y deja que su mente divague en un camino sin ruta. A tiempos piensa en sus hijos, da un sorbo de té, piensa en Juan el jardinero y cómo le agrada mucho más que su hermano. Regresa a sus hijos y aunque la ausencia se nota en ella, se mantiene fuerte frente a la ventana que la lleva y trae para encontrarse con emociones profundas a tiempos difíciles. Entonces suena el teléfono. Es un chico que con voz temblorosa vence el miedo de decir: creo que usted es mi madre.

La señora le dice que no, que está equivocado, que ella tiene dos hijos y ninguno de ellos es él. El chico corta el teléfono y de pronto la mujer está de nuevo en la ventana, mirando a Juan. De pronto, un revuelo de emociones y pensamientos la abraza y le aprieta el cuerpo. Un extraño le ha vuelto a dar la sensación de ser necesitada, de ser “madre” y abrigarlo, maternarlo por un instante en el hecho de consolar algo en lo que ella no tiene parte pero que al mismo tiempo no puede evitar sentir. Una llamada, una ruptura en el tiempo y la inquietud de no haber hecho más en el momento necesario.

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