De emblema regional a hospital bajo sospecha

Debate y salud, columna de Jacinto Herrera León: De emblema regional a hospital bajo sospecha

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Durante décadas, el Hospital General Regional No. 1 “Lic. Ignacio García Téllez”, la entrañable T-1 de Mérida, representó mucho más que un edificio del IMSS. Inaugurado en 1962, permitió dejar atrás la hospitalización subrogada y se convirtió en referente para la península. Tras el terremoto de 1985, su transformación como parte del Centro Médico Nacional “El Fénix” fortaleció especialidades, enseñanza, cuidados intensivos y procedimientos de alta complejidad. Allí se forman generaciones de médicos, enfermeras y residentes; allí muchas familias encuentran ciencia, solidaridad y esperanza. 

Hasta 2019, pese a carencias acumuladas, prevalecía la percepción de una institución emblemática: disciplina clínica, identidad, liderazgo y orgullo de pertenencia. No era perfecta, pero conservaba autoridad moral y capacidad resolutiva. Su prestigio fue construido por trabajadores que entendieron que portar la bata significaba servir, estudiar y responder.

El presente es dolorosamente distinto. En abril de 2024, derechohabientes protestaron por cirugías e internamientos programados con demoras de seis meses a un año. En mayo de 2025, imágenes de urgencias saturadas mostraron pacientes esperando en sillas de ruedas y pasillos rebasados; la propia representación del IMSS reconoció una demanda elevada. No se trata solamente de publicaciones virales: la CNDH emitió las recomendaciones 64/2024 y 205/2024 por casos ocurridos en hospitales del IMSS en Mérida, acreditando violaciones a los derechos a la salud, la vida o el trato digno; una involucró al HGR-1 y a un adulto mayor que falleció después de más de doce horas en urgencias sin atención adecuada. 

También sería injusto afirmar que todo está perdido. En 2024 el IMSS informó inversiones superiores a cien millones de pesos en unidades de Yucatán, incluida la remodelación de Hemodiálisis de la T-1; ese mismo año, especialistas del hospital resolvieron con tecnología láser una obstrucción renal grave en un bebé. El talento permanece. Lo que está en entredicho es la dirección capaz de organizarlo, protegerlo y convertir recursos en atención oportuna. 

Una institución no recupera prestigio mediante boletines, cifras alegres o desmentidos automáticos. Lo recupera publicando tiempos de espera, ocupación, abasto, infecciones, mortalidad, quejas resueltas y resultados quirúrgicos; auditando decisiones y escuchando a pacientes y trabajadores sin represalias.

El rescate exige fortalecer plantillas, camas, insumos, mantenimiento y seguridad laboral. Ningún profesional puede suplir indefinidamente con heroísmo una planeación deficiente. Tampoco el derechohabiente debe pagar con dolor, incertidumbre o abandono la incapacidad administrativa de quienes tienen obligación de prever. El silencio institucional agrava la herida.

La T-1 no merece vivir de su pasado ni aparecer de escándalo en escándalo. Merece autoridades competentes, recursos suficientes y rendición de cuentas. Defenderla no es callar sus fallas: es exigir que vuelva a estar a la altura de su historia. No es justo que sus funcionarios atomicen la dignidad y grandeza de los trabajadores operativos que enaltecen al Coloso del Fénix. 

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