El mensaje de María de Guadalupe

Palabra de mujer, columna de Ivette Laviada: El mensaje de María de Guadalupe

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Han pasado casi cinco siglos desde aquel diciembre de 1531 en que la Virgen María, bajo la advocación de Guadalupe, salió al encuentro de Juan Diego en el Tepeyac. México vivía entonces uno de los momentos más complejos de su historia: dos pueblos y dos culturas intentaban encontrarse después de una conquista que había dejado profundas heridas.

Hoy el acontecimiento guadalupano vuelve a cobrar especial relevancia. El Papa León XIV ha concedido un Año Jubilar Guadalupano, del 12 de octubre de 2026 al 12 de octubre de 2027, con motivo del 50 aniversario de la dedicación de la nueva Basílica de Santa María de Guadalupe y del traslado de la Sagrada Imagen. Es, además, parte del camino hacia 2031, cuando celebraremos los 500 años de las apariciones.

María no viene a sustituir ni a añadir nada a la revelación de Jesucristo; viene a conducirnos hacia Él. El propio León XIV ha definido recientemente el acontecimiento guadalupano como un extraordinario ejemplo de inculturación del Evangelio: Dios entra en la historia, dialoga con la libertad humana y permite que la fe pueda ser acogida desde la cultura de un pueblo.

Recordando las reflexiones de un Congreso Mariano, podemos resumir el mensaje que María dirige a Juan Diego entre el 9 y el 12 de diciembre de 1531 en cinco grandes enseñanzas.

1. María quiere una casa. Su primera petición es que se construya un templo, un lugar donde pueda manifestar su amor, compasión y auxilio. Y aquella petición trasciende las paredes de una iglesia: María quiere habitar entre nosotros. Abrirle la puerta significa permitir que nos acerque a su Hijo y que nuestros hogares se conviertan también en espacios de fe, encuentro, perdón y paz.

2. María nos conduce a Dios. Guadalupe no termina en María. Ella siempre nos lleva hacia Jesucristo. Como en las bodas de Caná, su presencia señala hacia Él y parece repetirnos: “Hagan lo que Él les diga”. La auténtica devoción mariana nunca desplaza a Cristo; nos conduce a Él.

3. María se presenta como madre compasiva. Quiere escuchar nuestro llanto y nuestras tristezas, remediar nuestras miserias y aflicciones. ¡Cuánto necesita hoy México esa maternidad! Frente a la violencia, el miedo, las desapariciones, las familias divididas y tantas heridas sociales, Guadalupe nos recuerda que la paz comienza también en el corazón humano y se construye en la familia, en la comunidad y en nuestra manera cotidiana de relacionarnos.

4. María elige a los humildes. Juan Diego se considera pequeño e insuficiente para la misión encomendada. María, sin embargo, confía en él. Es una enseñanza profundamente actual: para transformar nuestro entorno no necesitamos necesariamente poder, fama o grandes recursos. Necesitamos disposición, confianza y voluntad para convertirnos en instrumentos del bien.

5. “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?”. Probablemente sea la expresión que mejor resume el mensaje guadalupano. María pregunta a Juan Diego: “¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No estás por ventura en mi regazo?”. Es una invitación a confiar, pero no a permanecer pasivos. Quien se sabe amado y acompañado puede salir al encuentro del otro, perdonar, reconciliar y convertirse también en constructor de paz.

El Año Jubilar Guadalupano que ahora comienza es, por tanto, mucho más que una conmemoración. Puede convertirse en una oportunidad para preguntarnos qué significa ser un pueblo guadalupano en el México de 2026.

No basta llevar una imagen, rezar un rosario o peregrinar a un santuario si después somos incapaces de reconciliarnos, de respetar al que piensa distinto, de ayudar al que sufre o de construir paz en nuestra propia casa.

México puede responderle no solamente con palabras, sino convirtiéndose nuevamente en un pueblo capaz de encontrarse, reconciliarse y vivir en paz.

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