Cuando la ley no basta
Palabra de mujer, columna de Ivette Laviada: Cuando la ley no basta
Cada 28 de septiembre coinciden dos conmemoraciones de significado muy distinto. Oficialmente se celebra el Día Mundial contra la Rabia, impulsado para concientizar sobre una enfermedad prevenible que todavía cobra vidas. Pero desde 1990, movimientos feministas de América Latina adoptaron también esta fecha como jornada por la despenalización y legalización del aborto, hoy difundida como el Día de Acción Global por el Aborto Legal y Seguro.
La coincidencia este año invita a una reflexión especialmente oportuna. Mientras estas manifestaciones vuelven a ocupar las calles, el papa León XIV visita Francia y ha colocado sobre la mesa una cuestión mucho más profunda: el valor de la vida humana y la responsabilidad que tenemos de protegerla, particularmente cuando es más vulnerable.
En su encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático en el Palacio del Elíseo, el Papa recordó que la protección del derecho a la vida constituye el fundamento imprescindible de cualquier otro derecho humano. Y en Lourdes, frente a enfermos y profesionales de la salud, pronunció una frase que merece ser meditada más allá de cualquier credo religioso: “Lo que es legal no es necesariamente moral”.
Las leyes pueden cambiar. Pueden despenalizar conductas, ampliar supuestos o reconocer nuevas posibilidades jurídicas. Pero ninguna ley puede sustituir a la conciencia ni determinar por sí sola lo que una sociedad considera bueno, justo o verdaderamente humano.
Por eso, la defensa de la vida no puede reducirse a ganar o perder una votación en un Congreso.
El verdadero reto está mucho antes: en la formación de nuestros niños y jóvenes; en enseñarles a reconocer que toda persona posee una dignidad que no depende de su edad, salud, autonomía, capacidades, utilidad o deseo de otros.
Necesitamos formar generaciones para las cuales el aborto llegue a resultar impensable, no simplemente porque pueda estar prohibido, sino porque comprendan que existe otra vida humana que merece protección. Y necesitamos construir una sociedad en la que la eutanasia tampoco sea presentada como la respuesta inevitable al sufrimiento, porque cuando ya no sea posible curar, siempre será posible cuidar, aliviar, acompañar y amar.
Pero defender la vida exige mucho más que pronunciar discursos.
Si queremos que una mujer continúe con un embarazo difícil, debemos preguntarnos qué estamos haciendo para que no se sienta sola: redes de acompañamiento, atención médica y psicológica, apoyo económico, oportunidades laborales, adopción y políticas públicas que hagan posible la maternidad.
Y si pedimos a una persona enferma que no considere la muerte como solución a su sufrimiento, tenemos también la obligación social de garantizarle acceso al tratamiento del dolor, cuidados paliativos, compañía y condiciones que le permitan transitar la última etapa de su vida con auténtica dignidad.
Esto es precisamente lo que León XIV pidió en Lourdes: desarrollar los cuidados paliativos y acompañar con ternura al enfermo. No eliminar al que sufre, sino combatir su sufrimiento y permanecer a su lado, en suma no abandonar a nadie.
Ni al hijo por nacer. Ni a la mujer que enfrenta un embarazo inesperado. Ni a la persona con discapacidad. Ni al enfermo incurable. Ni al anciano que teme convertirse en una carga.
Una cultura verdaderamente humana no mide el valor de las personas por lo que producen, cuestan o pueden hacer. Las reconoce valiosas simplemente porque son personas. Las leyes importan, pero más importante es formar conciencias capaces de reconocer la dignidad humana aun cuando una ley permita ignorarla.
Porque la verdadera conquista de una sociedad no llegará cuando necesitemos una ley que nos obligue a respetar la vida, sino cuando hayamos educado una generación que comprenda, desde lo más profundo de su conciencia, que ninguna vida humana sobra y ninguna persona debería tener que morir porque los demás no supimos acompañarla.
