La salud mental también es salud
Palabra de mujer, columna de Ivette Laviada: La salud mental también es salud
Hay enfermedades que se ven y otras que se padecen en silencio. Si alguien tiene fiebre, una fractura o un dolor persistente, nadie cuestiona que acuda al médico; sin embargo, cuando el sufrimiento ocurre en la mente, todavía escuchamos frases como “échale ganas”, “no pienses en eso” o “ya se te pasará”.
Septiembre, mes en el que se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, nos ofrece una oportunidad para hablar de algo que durante demasiado tiempo hemos callado: la salud mental también es salud y atenderla oportunamente puede salvar vidas.
El tema nos toca muy de cerca. Según datos del Inegi correspondientes a 2024, Yucatán registró una tasa de 16.2 suicidios por cada 100 mil habitantes, una de las más altas del país. Detrás de cada número existe una persona, una familia y una historia de sufrimiento que muchas veces no alcanzamos a percibir.
El reciente juicio de Lindsay Clancy en Estados Unidos volvió a colocar la salud mental en la conversación pública. Esta madre y enfermera de Massachusetts fue acusada de matar a sus tres pequeños hijos y posteriormente intentar quitarse la vida. Su defensa sostuvo que atravesaba una grave psicosis posparto; la fiscalía argumentó que comprendía sus actos. El jurado no alcanzó unanimidad, por lo que el proceso terminó este septiembre en juicio nulo.
No nos corresponde juzgar desde lejos un caso tan complejo, pero sí permitir que una tragedia semejante nos haga reflexionar. ¿Cuántas veces alguien que tenemos cerca está pidiendo ayuda y no sabemos reconocerlo?
La psicosis posparto, por ejemplo, es poco frecuente, pero constituye una emergencia médica que puede provocar delirios, alucinaciones, confusión y una severa pérdida de contacto con la realidad. No debe confundirse con la tristeza pasajera después del parto ni con la depresión posparto. Detectarla y atenderla oportunamente puede proteger vidas.
Y esto nos conduce a una responsabilidad que todos compartimos. La familia puede ser la primera red de detección y acompañamiento. Somos quienes podemos advertir que alguien ha cambiado: se aísla, pierde interés en lo que antes disfrutaba, expresa desesperanza, habla insistentemente de la muerte, se despide o llega a decir que los demás estarían mejor sin él.
Ante estas señales no debemos minimizar, juzgar ni guardar silencio. Tampoco pensar que el cariño, la oración o una conversación bastarán siempre para resolver el problema. La fe y el amor familiar pueden ser un enorme sostén, pero cuando existe una enfermedad mental necesitamos también profesionales preparados para atenderla.
Necesitamos familias que escuchen, escuelas que detecten, centros de trabajo sensibles y políticas públicas que garanticen atención psicológica y psiquiátrica accesible y oportuna. Necesitamos, sobre todo, dejar de considerar la enfermedad mental como motivo de vergüenza.
Quizá el verdadero desafío de la prevención sea actuar antes de que ocurra una tragedia. No esperar para preguntarnos “¿cómo pudo suceder?”, sino aprender a preguntar a tiempo: “¿qué podemos hacer para ayudarte?”.
Porque cuidar la salud mental no es debilidad ni exageración. Es cuidar a la persona entera.
Y cuidar la vida significa también aprender a escuchar sus gritos de auxilio, incluso cuando se pronuncian en silencio.
Adenda: Si tú o alguien cercano atraviesa una crisis emocional o tiene pensamientos suicidas, puede comunicarse gratuitamente a Línea de la Vida: 800 911 2000, las 24 horas, los 365 días. Salvemos una Vida llamar al 075. Ante una emergencia, llama al 911.
