¿Educación o adoctrinamiento?
Palabra de mujer, columna de Ivette Laviada: ¿Educación o adoctrinamiento?
Hace algunos años advertimos sobre los riesgos que veíamos en los contenidos y en la concepción educativa de la Nueva Escuela Mexicana. Hoy vale la pena volver al tema, porque el modelo no solamente continúa, sino que se ha consolidado como la política educativa del país.
La pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿la escuela debe enseñar a los niños qué pensar o debe enseñarles a pensar?
México necesita una educación capaz de proporcionar a nuestros niños y jóvenes conocimientos sólidos en matemáticas, ciencias, lectura, escritura, historia y cultura; desarrollar su memoria, razonamiento lógico, creatividad y capacidad de análisis; enseñarles a contrastar información, formular preguntas y construir argumentos. Sólo así podrán convertirse en ciudadanos verdaderamente libres.
Los resultados educativos deberían preocuparnos. Según datos difundidos por UNICEF con base en PISA 2022, el 66% de los estudiantes mexicanos de 15 años no alcanza el nivel mínimo de competencia en matemáticas y el 47% tampoco lo alcanza en lectura. Más preocupante todavía: de cada 100 niños que comienzan la primaria, solamente 56 llegan a concluir la educación media superior sin repetir o abandonar sus estudios.
Sin embargo, la Nueva Escuela Mexicana modificó profundamente la manera de organizar la enseñanza. Las tradicionales asignaturas fueron integradas en cuatro grandes campos formativos y los libros de texto privilegian el trabajo mediante proyectos relacionados con la comunidad y la realidad cotidiana. La intención declarada por la autoridad educativa es lograr una enseñanza interdisciplinaria, humanista y vinculada con el entorno.
El problema aparece cuando la transversalidad termina debilitando la profundidad de los conocimientos disciplinares o cuando determinados planteamientos sociales, culturales o políticos dejan de presentarse como cuestiones susceptibles de análisis y se transmiten como verdades que el alumno simplemente debe asumir.
Porque existe una diferencia fundamental entre educar y adoctrinar.
Educar significa proporcionar conocimientos, enseñar a razonar, presentar evidencias, contrastar perspectivas y permitir que el alumno llegue progresivamente a conclusiones propias. Adoctrinar significa transmitir una determinada visión de la realidad procurando su aceptación. Y ninguna ideología —sea del signo político que sea— debería ocupar el lugar del conocimiento dentro de las aulas.
Aquí aparece además otro actor indispensable: los padres de familia. La educación de un niño no comienza en la escuela ni pertenece exclusivamente al Estado. Los padres son los primeros responsables de la formación de sus hijos y la escuela debe colaborar con ellos, particularmente cuando se abordan cuestiones relacionadas con valores, afectividad, sexualidad, identidad y concepciones sobre la persona y la sociedad.
Pero quizá lo más grave sería perder de vista a quienes más necesitan una educación pública extraordinaria: los niños de las familias con menos recursos.
Una educación deficiente no produce igualdad; perpetúa la desigualdad. Quien tiene recursos económicos podrá recurrir a clases particulares, libros, plataformas digitales, idiomas o escuelas privadas. Quien no los tiene dependerá casi exclusivamente de lo que el sistema público sea capaz de ofrecerle.
Por eso defender una educación de calidad no es una batalla ideológica: es una cuestión de justicia social.
México necesita jóvenes capaces de leer y comprender, dominar las matemáticas, conocer la ciencia, entender su historia, utilizar la tecnología, emprender, crear, cuestionar y participar responsablemente en la sociedad. Necesitamos ciudadanos capaces de escuchar ideas distintas y someterlas al juicio de la razón.
La verdadera educación abre la inteligencia; no la encierra. Forma personas libres, no repetidores de consignas.
Por eso, más que nunca, debemos exigir una escuela que enseñe conocimientos, cultive virtudes intelectuales y despierte preguntas. Una escuela en la que quepan el pensamiento crítico, la evidencia y la participación de las familias.
Porque con la educación de los niños no se experimenta. En sus aulas se está formando, ahora mismo, el México de mañana.
