El deporte que nos hace mejores
Palabra de mujer, columna de Ivette Laviada: El deporte que nos hace mejores.
El fútbol tiene la extraordinaria capacidad de unir a millones de personas. Durante unas semanas, las diferencias políticas, económicas, sociales e incluso culturales parecen quedar de lado para compartir una misma pasión.
No es casualidad que el Papa León XIV haya dedicado su intención de oración del mes de junio a pedir que el deporte sea una oportunidad para construir un mundo más fraterno. En un tiempo marcado por la polarización y el individualismo, el deporte nos recuerda que nadie gana solo. Detrás de cada triunfo hay disciplina, sacrificio, perseverancia, respeto por las reglas, confianza mutua y una profunda conciencia de que el bien del equipo está por encima del lucimiento personal.
Basta observar a las grandes selecciones que han destacado en este Mundial. Más allá de las extraordinarias habilidades individuales de sus jugadores, lo que verdaderamente marca la diferencia es la capacidad de trabajar como un solo cuerpo.
La selección mexicana también dejó importantes lecciones. Aunque no logró avanzar a los cuartos de final, mostró un desempeño digno frente a algunos de los mejores equipos del mundo. Hubo entrega, orden, espíritu de lucha y momentos que devolvieron la ilusión a millones de aficionados. En el deporte, como en la vida, no siempre se obtiene el resultado deseado, pero también se honra a quien compite con dignidad, aprende de sus derrotas y nunca deja de esforzarse por mejorar.
Desgraciadamente, mientras los jugadores daban ejemplo de entrega dentro de la cancha, algunos grupos de aficionados protagonizaron escenas completamente opuestas a los valores que el deporte pretende fomentar. Actos de violencia, daños a la propiedad privada, enfrentamientos e incluso la pérdida de vidas humanas son conductas que nada tienen que ver con el amor al fútbol.
Es importante decirlo con claridad: esos actos no representan a la inmensa mayoría de los mexicanos. Nuestro país es mucho más que las imágenes de violencia que, lamentablemente, suelen ocupar los titulares. La pasión deportiva jamás puede convertirse en justificación para agredir a otros.
Quizá convenga preguntarnos si, detrás de algunas de estas reacciones desproporcionadas, no existe una frustración social mucho más profunda. En ocasiones, el fútbol termina siendo el espacio donde se desahogan el enojo, la incertidumbre y el desencanto acumulados por problemas cotidianos que poco tienen que ver con el resultado de un partido: la inseguridad, la impunidad, la falta de oportunidades o el desgaste que muchos ciudadanos experimentan frente a la situación que vive nuestro país. Sin embargo, aun cuando esas frustraciones sean reales, nunca pueden justificar la violencia ni el daño a terceros. Una sociedad madura transforma su inconformidad en participación responsable, no en destrucción.
Tal vez por eso las grandes enseñanzas del deporte trascienden el marcador. Un buen entrenador forma personas antes de ser campeones; un buen capitán sirve antes de mandar; un gran equipo comprende que cada integrante es indispensable y que nadie alcanza la victoria aislándose de los demás.
México necesita precisamente esa visión. Más trabajo en equipo y menos confrontación. Más disciplina y menos improvisación. Más respeto por las reglas y menos cultura de la violencia. Más ciudadanos dispuestos a aportar en lugar de destruir.
Al final, el verdadero campeonato no se juega únicamente en un estadio. Se juega todos los días en nuestras familias, en nuestras escuelas, en nuestros lugares de trabajo y en cada decisión que construye o deteriora el tejido social. Si aprendemos las lecciones que el deporte puede enseñarnos, quizá descubramos que la mayor victoria no consiste en levantar una copa, sino en formar una sociedad capaz de competir con excelencia, convivir con respeto y caminar unida hacia el bien común.
