La paradoja del hambre mexicana
Reflexiones, columna de Hortensia Rivera Baños: La paradoja del hambre mexicana
En el país vivimos una de las paradojas más penetrantes y crueles de la historia moderna: por un lado, miles de personas padecen de desnutrición severa, y por otro, el sobrepeso y la obesidad que siempre dan de qué hablar, avanzando sin freno al precipicio de las enfermedades.
La coexistencia de esta anomalía crítica es conocida como la doble carga de la malnutrición y es de este modo un reflejo de las desigualdades estructurales, es decir, son dificultades profundas que no son culpa de decisiones individuales de las personas, forman parte del “diseño” e historias de nuestro país. Tradicionalmente los sectores más desfavorecidos de nuestra sociedad han sido condenados a permanecer en el olvido.
Cuando hablamos de la pobreza extrema en comunidades indígenas, rurales o en las periferias urbanas, no solo es una mención en un listado estadístico; es una realidad lacerante que lleva a no poder acceder a la canasta básica. Estas familias luchan diariamente por llevarse el sustento a la boca, porque para ellos no es una elección nutricional, es una disputa constante, una batalla diaria de supervivencia. Y es que cuando el monedero no alcanza para lo más elemental, la prioridad es silenciar el ruido del estómago con lo que se tiene al alcance.
Frecuentemente se escucha decir con superficialidad: “En México no saben alimentarse”. Sin embargo; hacer responsable únicamente al ciudadano es cerrar los ojos a la geografía de la desigualdad que se vive en el país. Es importante destacar que para la gente que vive en la pobreza, el objetivo principal es saciar el hambre, es llenar el estómago, obtener energía para aguantar largas jornadas.
En este punto entra la disyuntiva del dinero, pongamos un ejemplo claro: si una persona tiene 30 pesos en la bolsa, con eso no le alcanza para comprar un kilo de carne, en eso estamos de acuerdo, así como tampoco le alcanza para un esquema de dieta balanceada. Lo que hacen es simple y es una trampa del ultra procesado, ya que con ese dinero pueden comprar un refresco pequeño y unas galletas individuales. Estos productos aportan una cantidad masiva de calorías, azúcares y grasas, que básicamente aplacan el hambre de manera inmediata.
Hay un dato muy doloroso documentado en estados como Oaxaca y Chiapas: es sabido que en las comunidades marginadas no hay red de agua potable o simplemente el agua está contaminada. Para que la gente tenga acceso al agua, necesita comprar garrafones. En muchas de estas regiones la distribución del agua es compleja, lo que no es complejo irónicamente es la red de distribución de las grandes empresas, así que un refresco o un jugo procesado son más accesible y fácil de conseguir y muchas veces cuesta lo mismo que el agua embotellada.
Es así como, las bebidas azucaradas se vuelven la principal fuente de hidratación. Según datos de Ensanut, la desnutrición infantil en las regiones del sureste uno de cada cinco niños padece de retraso en su crecimiento, un dato que enciende las alarmas, Sin embargo; la respuesta de los que van pasando por el poder ha sido históricamente insuficiente y únicamente se dedican a la asistencia y no a resolver el problema de tajo.
Concluimos así que esto no es ignorancia alimentaria, es el mercado que dicta la desnutrición, y mientras la salud de los más vulnerables dependa de su bolsillo y la chatarra sea más accesible que el agua potable, la justicia social en nuestro país seguirá siendo una simulación de palabras y no de hechos.
