Moacir, el portero que murió dos veces (II)
Salvando el fuego, columna de Enrique Vera: Moacir, el portero que murió dos veces (II)
“Íbamos ganando 1-0 empezando el segundo tiempo. La victoria se encaminaba cuando cayó el gol de Schiffino a pase de Ghiggia que había desbordado por la banda derecha. Alcides Ghiggia. Nunca
olvidaré ese nombre. Mi desgracia lleva en parte su nombre. Al caer el empate, el Maracaná empezó a simular una tranquilidad aparente: No pasa nada, nosotros somos los campeones se repetían los
aficionados para conjugar el miedo. Los gritos y cánticos ya no eran tan amenos, las risas ya no tan ligeras, y los bailes no tan efusivos. Era como si el estadio de ánimo de la gente se mecanizara de los nervios. Todo era un pequeño error, un contratiempo, ahora lo ganábamos, la gloria era sólo nuestra. Estaba escrito”-.
-“En el minuto treinta y seis”-, dijo Moacir para después tragar saliva. La garganta se le entumió de tal manera que le estaba jodiendo las cuerdas vocales; apoyó los brazos que le pesaban como piedras en las rodillas y agachó la mirada...
-“Una nuble ocultó a sol. Ghiggia empezó a correr por la banda. Había salido desde su propio campo. Corría y corría, nada lo paraba; no se cansaba, si alguien lo hubiera cortado antes con una falta, una barrida. El caso es que Alcides Ghiggia llegó al área y yo pensé que haría como en el primera gol: centrar. Pero no fue así. Salí para anticipar, di un paso adelante, titubeé y con las últimas de sus fuerzas Ghiggia no centró al área, tiró a gol, a primer poste donde yo debí cubrir. Aquella escena ocurrió en cámara lenta. Como en las películas. No exagero. Pensé que lo peor había pasado cuando sentí el roce del balón en mis manos. Cuando me levanté del césped, el balón acariciaba la red con una risa maligna. ¿Qué había pasado? ¡No era verdad! La desgracia había caído sobre mis hombros. ¿Por qué me haces esto Dios mío?”.
-“El terreno de juego crujió y se abrió por la mitad. Desde las profundidades del abismo emergía un canto desolador. El cielo se nubló por completo. Empezó a llover, pero la lluvia no caía del cielo; caía de las tribunas, de cada uno de los presentes en el estadio”-. Moacir llovía desconsoladamente.
-“No vale la pena recordar, Moacir. Eso pasó ya hace mucho tiempo”-, dijo Larissa quien se despertó al escuchar llorar al niño desconsolado que era Moacir cuando la memoria le jugaba una mala pasada.
Dios había marcado a Caín con una mancha en la frente; a Moacir Barbosa con un partido de fútbol. Lo maldijo. Una tristeza errante lo persiguió después de aquel fatídico día. La victoria es de todos y la derrota, huérfana.
Moacir Barbosa murió oficialmente el 7 de abril del 2000, pero él juraba que había muerto un 16 de julio de 1950, en un estadio de fútbol.
