Moacir, el portero que murió dos veces (I)
Salvando el fuego, columna de Enrique Vera: Moacir, el portero que murió dos veces (I)
Cuando Moacir Barbosa se despertó, no supo si había dormido veinte minutos o una hora. Tan pesado había soñado que todavía sentía que las ideas no le carburaban lo suficiente, dejándolo en una especie de sopor interminable.
Poco después, logró tomar dominio de su cuerpo y sentarse a la orilla de la cama, y le dijo a Larissa, la cual se encontraba todavía profundamente dormida:
-“He tenido un sueño mujer, que ya no sé si es ficción o un recuerdo que me atormenta”-, dijo Moacir mirándose las arrugadas palmas de las manos. -“He soñado que estas manos han hecho llorar a todo un país”.
Larissa no despertó y Moacir volteó la mirada para contemplar el cuerpo profundamente dormido de su acompañante:
-“Ay Larissa. Me acompañaste en los escombros de mi soledad y te inmolaste conmigo cuando la tristeza me apretaba los dientes”-, se dijo Moacir para sus adentros mientras retazos de memoria iban y venían en su consciencia.
Moacir, atravesado por una angustia insondable decidió sacarse aquel recuerdo inasible que lo perseguía. Así, se puso hablar solo como quien busca exorcizarse:
-“De niño lo que más me apasionaba era jugar al fútbol. Lo jugaba en todas partes, a todas horas: en la calle hasta que los trémulos faros de mi calle lo permitiesen; veía fútbol, comía fútbol, y lo respiraba. Era cómo sí mi único propósito al llegar a este mundo estuviese predestinado a una sola cosa: ser portero de la selección brasileña. Si Dios existía era brasileño y había construido el paraíso en Río de Janiero, el mismísimo Maracaná. Brasil sería del campeón del mundo en su propia tierra, con su propia gente, en el estadio más grande que jamás el hombre había visto. Nada podría salir mal. La voluntad divina es inescrutable”.
A Moacir le brillaban los ojos, una alegría inconmensurable le hacía cosquillas por todo el cuerpo. De tanto esfuerzo al excitarse en su soliloquio sintió que se le había secado la boca. Se paró de la cama, salió de la habitación y atravesó el estrecho pasillo que llevaba llevaba a lacocina que tenía una lujosa particularidad: una majestuosa vista al mar. Era un departamento modesto pero cómodo gracias al buen gobierno de Larissa.
Moacir se sirvió un poco de Guaraná del día anterior. Bebió con la sed de un náufrago y miró por la ventana la pasividad del mar. Las olas ejemplifican la analogía más acabada de la vida que viene y se va; ese mar que te acoge, pero también te puede llegar arrastrar si le parece conveniente. En el embelesamiento de esta imagen, Moacir vio clara la analogía sobre el tiempo y la memoria que le obligaba a seguir desahogándose:
“Sí, sí, ahora recuerdo. Todo era dicha en el país. La fiesta estaba cantada. Los periódicos tenían el encabezado listo: “Brasil Campeón del mundo”; era como sí la felicidad fuera cuestión de horas para verse consumada. De pronto, sintió una punzada las tripas. Comenzaba a comprender donde el sueño se convertía en un trágico recuerdo; el rostro se le endureció de tal manera que los párpados se le oscurecieron, la boca se le amorató y los ojos perdían el brillo inicial. Esa felicidad anticipada nunca se cumplió. Cada vez que Moacir Barbosa soñaba, tenía la ilusión de que el pasado podría reescribirse. Cada noche era un intento fallido. (Continuará).
