Carlos Iturralde Rivero, gloria del deporte yucateco
Crónicas de oriente, columna de León Escalante Aguilar.
En estos días en que México vive con entusiasmo la Copa Mundial de la FIFA 2026, deseo dedicar estas líneas a la memoria de un destacado futbolista yucateco de profundas raíces vallisoletanas: Carlos Iturralde Rivero, una de las figuras más brillantes que ha dado el balompié peninsular.
Recién hubiera cumplido 100 años ya que nació el 7 de junio de 1926. Fue hijo de don José María Iturralde Traconis -ex gobernador de Yucatán- y doña Josefina Rivero Díaz. El destino marcó su vida, pues apenas nueve días después de su nacimiento su padre falleció trágicamente en un accidente automovilístico. Ante aquella dolorosa circunstancia, su madre decidió trasladarse con sus hijos a París, Francia, donde la familia residió durante aproximadamente una década.
Fue precisamente en la capital francesa donde el pequeño Carlos, conocido cariñosamente como “Calín”, tuvo sus primeros contactos con el fútbol, participando en equipos escolares y descubriendo una pasión que lo acompañaría durante toda su vida. Con el paso de los años, y ya establecido en la Ciudad de México, continuó desarrollando sus habilidades hasta incorporarse a diversos clubes de mayor nivel.
Su nombre ocupa hoy un lugar privilegiado en la historia del deporte yucateco. Fue considerado el primer futbolista nacido en Yucatán en integrar la Selección Nacional de México, mérito que le valió que el principal estadio de fútbol del estado lleve orgullosamente su nombre.
Debutó como profesional en 1945 con el Club Asturias. Posteriormente defendió los colores de importantes instituciones del balompié nacional, entre ellas el Club Deportivo Guadalajara (1950-51), Necaxa (1951-52, 1953-56), América (1954-55) y Atlante (1956-58), equipo al que siempre consideró “el club de sus amores”, según expresó en diversas entrevistas.
Su calidad futbolística lo llevó a ser preseleccionado para integrar la escuadra mexicana que participaría en la Copa del Mundo de Brasil en 1950. Sin embargo, una grave lesión frustró aquel anhelo de representar a México en la máxima justa internacional.
El 7 de octubre de 1950 contrae nupcias con la Srita. María del Carmen Loría Méndez y procrean nueve hijos: Carlos José, Juan Pablo, José María, Miguel Ángel, Luis Alberto, Gabriel Martin, María del Carmen, Rafael y María de Lourdes.
Tras concluir su brillante carrera como jugador profesional en 1958, cuando aún tenía condiciones para continuar varios años más en activo, decidió prepararse como entrenador. Realizó los cursos correspondientes en la Federación Mexicana de Fútbol e inició una larga y fructífera trayectoria como director técnico.
Dirigió a importantes equipos del país, entre ellos los Pumas de la UNAM, Atlante y Atlético Morelia. En Yucatán dejó una huella profunda al conducir a clubes como los Venados de Yucatán, Aguiluchos de Mérida, Leones del IMSS, Mayas y el CUM, con el que obtuvo el campeonato estatal en 1962.
Su aportación trascendió las canchas. Fue formador de nuevas generaciones, impulsor de escuelas de fútbol y un apasionado promotor del deporte. Asimismo, desarrolló una destacada labor como periodista, comentarista y escritor. Entre sus publicaciones sobresalen “Fútbol en Yucatán”, “Amistad entre patadas” y “
Manual práctico para entrenar niños”, obras que reflejan su vasta experiencia y profundo conocimiento del balompié.
Un dato que habla de su caballerosidad deportiva es que durante toda su carrera profesional jamás fue amonestado y mucho menos expulsado de un terreno de juego, ejemplo de disciplina, respeto y juego limpio.
Por todo ello, Carlos Iturralde Rivero es considerado por muchos como el mejor futbolista yucateco de todos los tiempos. Su legado permanece vivo en el Estadio Olímpico que lleva su nombre, en las páginas de la historia deportiva de Yucatán y en la memoria de quienes reconocen en él a un atleta excepcional, un formador de talentos y un hombre íntegro que honró con orgullo la tierra que lo vio nacer. Falleció el 1 de agosto de 2004, pero su nombre continúa siendo sinónimo de grandeza deportiva y motivo de inspiración para las nuevas generaciones de futbolistas yucatecos.
