Morena: 15 años de vertiginoso éxito
Quince años después de su nacimiento, Morena tiene prácticamente todo lo que un partido político puede desear: la Presidencia de la República...
Quince años después de su nacimiento, Morena tiene prácticamente todo lo que un partido político puede desear: la Presidencia de la República, una amplia mayoría legislativa, gobiernos estatales y una presencia territorial que ningún otro partido de oposición puede igualar. El problema es que semejante éxito electoral no necesariamente significa que haya construido una estructura partidista igual de sólida.
Morena nació como un movimiento alrededor de una figura, de una causa y de una movilización social que durante años tuvo como principal conductor a Andrés Manuel López Obrador. El crecimiento fue tan rápido que el partido pasó de ser una fuerza emergente a convertirse en la principal organización política del país en prácticamente una década. Algunos análisis han señalado precisamente esa contradicción: un movimiento que creció a una velocidad mucho mayor que su capacidad para institucionalizarse.
Y ahora aparece la pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando el liderazgo, el poder y las candidaturas pesan más que la organización?
Porque una cosa es ganar elecciones y otra muy distinta construir un partido capaz de sobrevivir a sus propios triunfos. Morena tiene millones de afiliados; después de la depuración realizada por el INE, el padrón quedó en más de 11.6 millones de militantes. Pero tener millones de nombres en un padrón no significa necesariamente tener millones de militantes organizados, capacitados y comprometidos con una estructura permanente.
El riesgo es evidente. Si Morena se convierte principalmente en una maquinaria electoral que se activa cuando hay elecciones, entonces su fortaleza dependerá demasiado de candidaturas, liderazgos y acuerdos coyunturales. Y cuando esos acuerdos se rompen, pueden aparecer las fracturas.
De hecho, los procesos internos rumbo a 2027 ya han mostrado algunas de esas tensiones. Las decisiones sobre candidaturas han generado inconformidades, negociaciones y conflictos entre grupos, mientras la dirigencia ha insistido en preservar la unidad.
Por eso no resulta extraño escuchar cada vez con mayor frecuencia una advertencia dentro y fuera de Morena: la próxima oposición podría salir del propio Morena.
No necesariamente porque exista hoy un partido opositor capaz de sustituirlo, sino porque cuando una organización acumula demasiado poder, también acumula demasiados intereses, aspiraciones y grupos que tarde o temprano pueden entrar en conflicto.
El verdadero reto de Morena no está solamente en ganar las próximas elecciones. Está en demostrar que puede construir una estructura institucional que funcione aun cuando no haya una elección en puerta, que forme cuadros, que mantenga presencia territorial y que tenga mecanismos capaces de procesar las diferencias sin convertirlas en rupturas.
Quince años después, Morena tiene el poder que sus fundadores difícilmente imaginaron cuando comenzaron aquel movimiento. Ahora viene la parte más difícil: demostrar que puede administrar su éxito sin convertirse en rehén de él.
Porque la historia política mexicana está llena de partidos que parecían invencibles hasta que sus propias contradicciones comenzaron a debilitarlos.
Y quizá la mayor amenaza para Morena no esté afuera.
Puede estar creciendo dentro de casa.
