Los votantes de méxico y el mundo están furiosos

La semana pasada, Gran Bretaña eligió a su séptimo primer ministro en apenas una década.

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La semana pasada, Gran Bretaña eligió a su séptimo primer ministro en apenas una década. Francia ha tenido casi la misma cantidad en tan solo unos años. Su próxima presidenta bien podría ser Marine Le Pen, otrora marginada.

En Alemania, el partido de extrema derecha AfD, insignificante hace apenas unos años, ahora lidera las encuestas. Incluso las democracias de Asia Oriental a menudo consideradas estables, prudentes e incluso aburridas han visto a los gobiernos de Japón, Corea del Sur y Taiwán luchar en medio de una creciente indignación pública.

Y donde los populistas están en el poder, incluido México, la situación no parece muy diferente. Donald Trump se encuentra ahora cerca del índice de aprobación más bajo de cualquier presidente estadounidense moderno en este punto de su mandato.

¿Pueden funcionar las democracias actuales? En todo el mundo democrático, muchos países imponen impuestos, se endeudan y gastan cantidades exorbitantes.

El gasto ahora promedia más del 40% del producto interno bruto en los países que forman parte de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, y la relación entre la deuda pública y el PIB en esos países se ha duplicado con creces en los últimos 30 años.

Pero la gente no parece creer que se haya beneficiado. ¿Por qué ha sucedido esto? En parte es económico. El alto costo de la vivienda, el estancamiento de los ingresos y la creciente desigualdad han alimentado el descontento público. Pero la economía es solo una parte de la historia. Estados Unidos ha experimentado un crecimiento mayor que la mayoría de las demás economías avanzadas.

Francia, bajo la presidencia de Emmanuel Macron, ha reducido el desempleo y ha atraído más proyectos de inversión extranjera que cualquier otro país de Europa durante siete años consecutivos, según un análisis de Ernst & Young. Corea del Sur es un ejemplo de éxito económico. Japón estaba experimentando una recuperación. Sin embargo, los gobiernos democráticos son impopulares en casi todas partes.

La explicación más amplia es que estamos viviendo una de las grandes revoluciones tecnológicas de la historia. Y estas transformaciones siempre generan profunda ansiedad y temor.

La última transformación tecnológica de esta magnitud tuvo lugar aproximadamente entre 1880 y 1920. La electricidad, el teléfono, el ferrocarril, el automóvil y el cine revolucionaron industrias enteras y formas de vida. Millones de personas abandonaron el campo para ir a las ciudades.

El comercio global alteró las economías locales. Surgieron nuevas fortunas de la noche a la mañana, mientras que los antiguos oficios desaparecieron. En medio de esta agitación, la frustración y la ira encontraron cauces políticos.

La izquierda se volcó hacia el comunismo, la derecha hacia el fascismo. A esto le siguieron nuevos movimientos de masas, convulsiones culturales y la guerra mundial. Nuestra propia revolución es digital, no eléctrica, y comenzó con las computadoras, luego internet, después los teléfonos inteligentes y las redes sociales, y ahora la inteligencia artificial.

Esta última podría resultar la más transformadora de todas. Como dijo De mis Hassabis de DeepMind la semana pasada:

“Básicamente, hemos encontrado la manera de hacer pensar a la arena”. (Los chips de silicio están hechos de arena). La capacidad de producir inteligencia en masa -una inteligencia que se vuelve más poderosa cada meses sin duda el mayor triunfo tecnológico de la historia. Pero eso significa que podría ser la más disruptiva. El gran politólogo Samuel Huntington observó que “el principal problema de la política es el retraso en el desarrollo de las instituciones políticas con respecto al cambio social y económico”.

Los cambios a gran escala generan ansiedad. Y las sociedades ansiosas exigen más de la política. Los ciudadanos quieren que los líderes restablezcan el orden, proporcionen seguridad y les ayuden a recuperar el control sobre fuerzas que parecen cada vez más fuera del alcance de cualquiera.

Si bien la tecnología actual aumenta drásticamente las expectativas, también hace que el gobierno democráti co sea menos capaz en comparación. Pedimos un coche en tres minutos. Un paquete llega el mismo día.

La IA responde preguntas complejas en segundos y realiza en minutos tareas más complejas que a las personas les llevaban meses. Naturalmente, los ciudadanos empiezan a esperar una eficiencia similar del gobierno.

Pero la democracia no está diseñada para la velocidad, sino para la legitimidad. Negocia, llega a acuerdos, consulta a los tribunales, protege a los grupos vulnerables y equilibra los intereses contrapuestos. Estas salvaguardias son precisamente las que distinguen a la democracia del autoritarismo.

Sin embargo, en una era marcada por la velocidad vertiginosa de la tecnología, cada vez se asemejan más a una parálisis. Las redes sociales amplían esta brecha. Cada error gubernamental se hace visible al instante. Cada decepción se convierte en una polémica viral. Cada ciudadano frustrado puede movilizar a miles de personas antes incluso de que los gobiernos empiecen a responder. Esto ayuda a explicar la extraña trayectoria del populismo moderno. Políticos como Trump, Jair Bolsonaro de Brasil, Javier Milei de Argentina y otros ascendieron al poder prometiendo superar el bloqueo institucional.

Sin embargo, una vez en el cargo, la mayoría se enfrenta a la misma realidad que los líderes a los que sucedieron. Los líderes en ascenso de hoy se convierten rápidamente en los decepcionantes gobernantes de mañana.

La crisis de la democracia global, en especial el declive de la socialdemocracia, el ascenso del populismo y la posracionalidad política, que es el fenómeno donde la política se desconecta de los hechos reales y opera a través de emociones, creencias y posverdades. El vacío de la izquierda es un fenómeno que nos deja ver cómo la socialdemocracia se mimetiza con el neoliberalismo y generó una “hemiplejia gradual”, dejando un vacío de representación que hoy ocupa el enojo social.

La mercadocracia, es decir, la rebelión ciudadana ante un sistema que prioriza la ganancia y la individualidad por encima de la igualdad.

Este es uno de los peligros del populismo, pues los liderazgos populistas usan el binarismo simplista (“pueblo bueno” contra “élites malas”) para asfixiar la pluralidad, funcionando como un remedio que empeora la enfermedad. La gente no parece haber perdido por completo la confianza en la democracia.

No les han dado la espalda a las elecciones, las constituciones ni a los tribunales independientes. Pero están profundamente insatisfechos con el desempeño democrático. Las democracias deben demostrar una vez más que pueden construir viviendas e infraestructura y un futuro viable, en el corto plazo, para el ciudadano de a pie.

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