La IA está fuera de control... ¿o nosotros?

La inteligencia artificial ya no está solamente en las manos de todos. También está en la mente de cada vez más personas...

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La inteligencia artificial ya no está solamente en las manos de todos. También está en la mente de cada vez más personas y mientras se integra profundamente a nuestra vida, aparece la discusión sobre si estamos frente a una tecnología capaz de destruir aquello que entendemos como humanidad o ante una herramienta que todavía podemos controlar.

Pero quizá estamos planteando mal la pregunta: porque si algo deberíamos tener claro desde el principio es que difícilmente podremos controlar por completo una tecnología que nosotros mismos diseñamos para ampliar nuestras capacidades y que, además, ya forma parte de nuestra vida cotidiana.

Podemos ponerle reglas, restricciones, filtros y límites, pero ninguna regulación por sí sola va a resolver el problema si quienes utilizan la herramienta no entienden qué están haciendo con ella.

La inteligencia artificial avanzó hacia nuestra vida mucho más rápido de lo que ocurrió con otras tecnologías que hoy consideramos normales. Las redes sociales necesitaron años para convertirse en una parte cotidiana de nuestra comunicación. Con la IA ocurrió algo distinto: llegó directamente a nuestros teléfonos, computadoras y aplicaciones, y en poco tiempo pasó de ser una curiosidad tecnológica a convertirse en una herramienta de uso diario.

Por eso resulta complicado pensar que una advertencia, por fuerte que sea, conseguirá que millones de personas simplemente dejen de utilizarla. Podemos advertir sobre sus riesgos, discutir sus límites o imaginar escenarios catastróficos, pero eso no cambia una realidad básica: la inteligencia artificial ya está incorporada a nuestra manera de vivir.

Claro, esto no significa que debamos aceptar cualquier escenario como inevitable, sino que tenemos que entender dónde está realmente nuestra capacidad de control: no está únicamente en el gobierno, en las empresas que desarrollan estas herramientas, en los programadores o en quienes intentan establecer las reglas. Está, sobre todo, en nosotros: las personas que utilizamos la IA.

Porque podemos crear una regulación perfecta en el papel y descubrir después que la tecnología encuentra una forma de rodearla, como de hecho ya ocurre y llega a los titulares de las noticias: podemos exigir controles y luego eliminarlos cuando esos mismos controles comienzan a estorbarnos para crear la siguiente etapa a la que necesitamos avanzar.

En buena medida, el problema está ahí: nosotros mismos queremos que la tecnología sea cada vez más capaz, más rápida y más libre para resolver problemas, pero al mismo tiempo pretendemos que se detenga exactamente donde nosotros decidimos.

Por eso la discusión sobre la inteligencia artificial no debería limitarse a cuánto podemos regularla. También deberíamos preguntarnos cuánto somos capaces de regularnos a nosotros mismos y el problema es que para hacerlo, primero tendríamos que comprender qué es la IA y qué puede hacer. Y ahí todavía tenemos mucho camino por recorrer porque no hace falta dimensionar que la diferencia entre utilizar una herramienta y depender de ella está precisamente en el criterio.

Si no sabemos por qué estamos preguntando algo, difícilmente podremos evaluar la respuesta. Si no conocemos el tema, será mucho más complicado detectar un error. Y si asumimos que la máquina sabe más que nosotros simplemente porque responde rápido y con seguridad, entonces dejamos de utilizar inteligencia artificial para comenzar a delegarle nuestra propia inteligencia.

El peligro no está necesariamente en que la IA cobre conciencia, que decida destruirnos o que aparezca una especie de escenario de ciencia ficción. El riesgo mucho más cotidiano es que nosotros dejemos de pensar porque una herramienta piensa aparentemente por nosotros.

Por eso el debate no debería ser únicamente sobre cómo controlar la IA ni los escenarios catastróficos sobre los que hemos leído en semanas recientes: debería ser sobre cómo aprendemos a utilizarla sin entregarle el control de nuestras decisiones y de nuestro futuro.

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