La funa a Pedro Sola “ventaneó” nuestra indiferencia

Las redes sociales tienen una extraordinaria capacidad para ponerse de acuerdo cuando alguien comete un error público...

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Las redes sociales tienen una extraordinaria capacidad para ponerse de acuerdo cuando alguien comete un error público. Basta una declaración desafortunada para que miles de personas encuentren un punto en común y comiencen una condena colectiva.

A ese fenómeno lo conocemos como “funa” y, aunque en ocasiones cumple una función social, también suele evidenciar una de nuestras mayores contradicciones: nos resulta mucho más sencillo castigar a una persona que resolver el problema que puso sobre la mesa.

El caso reciente de Pedro Sola y los comentarios reprobables sobre los animales, realizados en Ventaneando, ilustra perfectamente esta dinámica. Sus palabras generaron indignación casi inmediata -y no era para menos- y aunque se disculpó, nadie le creyó y la funa contra él y el programa continúan.

Sin embargo, conviene hacerse una pregunta mucho más incómoda: ¿qué tanto de esa energía colectiva realmente está dirigida a combatir el maltrato animal? Porque una cosa es rechazar un comentario desafortunado, y otra muy distinta, enfrentar el problema cotidiano que viven miles de animales todos los días, siendo aquí donde desaparece buena parte de la indignación.

Los perros y gatos abandonados siguen en las calles. Los refugios continúan trabajando con recursos limitados. Muchas personas mantienen mascotas sin proporcionarles cuidados mínimos; mientras que la esterilización, la adopción responsable y el cuidado del entorno siguen dependiendo, en gran medida, de organizaciones civiles y ciudadanos que pocas veces reciben la misma atención que un escándalo de redes sociales.

¿Y qué creen? Esa indiferencia también es maltrato animal: quizá no produzca titulares ni genere millones de reproducciones en TikTok, pero sus consecuencias son mucho más profundas que cualquier comentario funable en televisión… y, sin embargo, rara vez despierta la misma movilización.

Porque existe una diferencia importante entre “no hacer daño” y “hacer el bien”: la primera exige simplemente abstenerse de cometer una conducta incorrecta; la segunda, asumir una responsabilidad activa, siendo acá donde no hay viralidad.

Las redes sociales premian la indignación porque resulta inmediata, sencilla y emocionalmente satisfactoria. Compartir un mensaje de condena toma apenas unos segundos, ayudar realmente a resolver un problema exige tiempo, recursos y compromiso.

Después de la funa, pareciera que el problema quedó resuelto. La persona señalada ofreció disculpas, perdió credibilidad o enfrentó el rechazo público, y todos sentimos que hicimos nuestra parte. Mientras tanto, los animales que motivaron la conversación siguen enfrentando exactamente las mismas condiciones que antes del escándalo.

El verdadero objetivo nunca debe ser destruir públicamente a una persona, sino aprovechar ese momento de atención para discutir seriamente cómo tratamos a los animales como sociedad. No basta con condenar las palabras de quien propone hacerles daño, hace falta preguntarnos qué hacemos nosotros para mejorar su vida.

Tal vez la auténtica funa debería dirigirse contra nuestra propia indiferencia. Contra esa facilidad con la que convertimos cualquier escándalo en una batalla moral de unos cuantos días, mientras los problemas reales continúan esperando soluciones.

El respeto hacia los animales no se demuestra únicamente condenando en redes sociales a quien los daña, se hace a través de las pequeñas acciones que hacemos en favor de ellos; pero tristemente, estas casi nunca se vuelven virales.

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