El mexicanismo
La eliminación de México del Mundial, tras caer 3-2 ante Inglaterra, dejó un sabor amargo en lo deportivo...
La eliminación de México del Mundial, tras caer 3-2 ante Inglaterra, dejó un sabor amargo en lo deportivo. Se escapó el sueño, como tantas otras veces, y vendrán los análisis sobre tácticas, errores, decisiones arbitrales o el nivel de nuestro futbol. Pero, más allá del marcador, hubo una victoria que merece ser reconocida: la del orgullo de ser mexicanos.
Durante semanas, el país entero se pintó de verde. Las calles, las plazas, los hogares, los centros de trabajo y las redes sociales se convirtieron en un solo espacio de encuentro. Millones de personas, sin importar diferencias políticas, económicas, religiosas o sociales, encontraron un punto en común: el amor por México.
Es cierto que, como ocurre en prácticamente cualquier concentración masiva, hubo excesos protagonizados por grupos antisociales. Algunos incidentes acapararon reflectores y generaron críticas. Sin embargo, sería injusto permitir que esos casos aislados eclipsaran la conducta de la inmensa mayoría de los mexicanos, que vivieron la competencia con pasión, respeto y un profundo sentimiento de pertenencia.
Lo verdaderamente relevante fue comprobar que el nacionalismo también puede expresarse de manera positiva. No desde la confrontación con otros países, ni desde la arrogancia, sino desde el orgullo de compartir una bandera, un himno y una historia. Durante esos días no importó si alguien era experto en futbol o apenas conocía las reglas del juego. Tampoco si México era favorito o no frente a las grandes potencias. Lo importante fue sentirse parte de algo mucho más grande: una nación que, cuando encuentra un motivo para unirse, demuestra una fuerza extraordinaria.
Ese mexicanismo positivo debería trascender el calendario deportivo. No tendría que aparecer únicamente cuando juega la selección nacional o durante las fiestas patrias. Debería convertirse en una actitud permanente, las 24 horas del día, los siete días de la semana.
Porque amar a México también significa respetar las leyes, cuidar los espacios públicos, cumplir con nuestras responsabilidades, apoyar a quienes más lo necesitan, consumir lo hecho en nuestro país cuando sea posible y trabajar cada día para construir una sociedad mejor. El patriotismo no se mide únicamente por portar una camiseta verde o cantar el Himno Nacional con emoción; se demuestra en las acciones cotidianas que fortalecen a la comunidad.
El Mundial terminó para México, pero dejó una enseñanza valiosa. Cuando los mexicanos decidimos caminar en la misma dirección, las diferencias pasan a segundo plano y emerge un sentimiento colectivo capaz de inspirar. Esa es la mejor versión del país: la que se une, la que celebra, la que se emociona y la que recuerda que, por encima de cualquier resultado deportivo, existe una identidad nacional que vale la pena preservar.
Ojalá que ese espíritu no sea pasajero. Porque si el orgullo por México lograra mantenerse vivo todos los días del año, nuestro mayor triunfo no estaría en una cancha de futbol, sino en la construcción de un país más unido, más solidario y más consciente de su enorme potencial
