Del monopolio de la tinta a la dispersión de las redes

Hace unos días, sentada frente a una humeante taza de café, vinieron a mí reflexiones sobre el periodismo que se vivía en la época de Manuel Buendía...

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Hace unos días, sentada frente a una humeante taza de café, vinieron a mí reflexiones sobre el periodismo que se vivía en la época de Manuel Buendía, y el periodismo que se ejerce en esta época. Recordemos que este notable periodista nació en Michoacán el 24 de mayo de 1926 y fue asesinado el 30 de mayo 1984 en Ciudad de México, cinco balazos fueron los que se llevaron la vida del Premio Nacional de Periodismo, uno de los periodistas de mayor influencia en la segunda mitad del siglo XX.

Cómo olvidar su célebre columna, “Red Privada”, donde tocaba temas sumamente incómodos: la injerencia de operaciones encubiertas de la CIA en México, el sindicato petrolero y su corrupción interna, el nacimiento de los primeros cárteles de la droga, en donde el Estado jugaba ese papel de cobijo y protección. En los años 70 y 80, ejercer la profesión periodística se caracterizaba por dinámicas radicales distintas a las actuales:

Las herramientas de trabajo. En aquel tiempo: los archivos físicos, fichas de papel, máquina de escribir, fuentes directas. En la actualidad: bases de datos digitales, redes sociales, teléfonos inteligentes.

Velocidad de divulgación. En aquel tiempo: ciclos de 24 horas (edición impresa diaria) En la actualidad: inmediatez absoluta (minuto a minuto en plataformas digitales).

Naturaleza del Riesgo. En aquel tiempo: desaparición forzada, censura del Estado y golpes políticos controlados. En la actualidad: violencia generalizada de la delincuencia organizada y ataques digitales.

Monopolio Informativo. En aquel entonces: centralizado en el Estado y en un puñado de diarios de alta circulación. En la actualidad: descentralizado; proliferación de medios y los tan sonados creadores de contenido digital.

Manuel Buendía nos dejó un gran legado, y su diferencia con la actualidad, radica en la urgencia de sujetarnos con uñas y dientes a la mística ética, a llevar a cabo este oficio no como un negocio corporativo, o la dosis semanal de levantar el ego, esa tribuna de vanidad que nos enceguece, sino como un riguroso magisterio, con un inquebrantable compromiso social, que siempre, siempre nos arroje a las manos limpias de la verdad.

Al final del día, esa innovación del periodismo es irreversible, y qué bueno, sin embargo; en esta era de estridentes ruidos y verdades parcialmente reveladas, me quedo con las palabras de Buendía: “El periodismo es una pasión que se ejerce con rigor, o no es nada. No se puede transigir con la verdad por comodidad o por miedo”.

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