Quitémosles el balón

Salvando al fuego, columna de Enrique Vera: Quitémosles el balón

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El mundial de fútbol ha comenzado, pero en el ambiente se perciben muchos sentimientos encontrados. Un entusiasmo sosegado. El mundo, la vida está llena de contradicciones y el fútbol no es la excepción.

Cuando era niño, el fútbol representaba una forma de estar con mis tíos y mi padre. Ellos eran conocidos y respetados por su buen juego con la pelota en Comalcalco, Tabasco, la tierra que me vio nacer, y así aprendí que el cariño y el respeto se ganaba jugando bien al fútbol.

Fue tal creencia que mi proyecto de vida en la niñez giraba en torno a convertirme en futbolista profesional. Así fue como después de una visoria terminé yéndome de mi casa a los 13 años para incorporarme a las fuerzas básicas de un equipo azulcrema. Sí, somos seres contradictorios. Un izquierdista que de niño vivió 4 años en el nido de Coapa.

Ese equipo de Coapa era el equipo de mis tíos a los cuales yo admiraba. El América era el equipo que nunca pasaba desapercibido: querido y odiado, más nunca olvidado. Muchos años después en terapia descubrí que no fue una elección casual: mi necesidad de ser visto, de no pasar desapercibido moldeo esa lealtad que construye en la infancia: la pasión por un equipo.

La verdad, creo que era un jugador medianamente bueno con un pésimo carácter. Después de una discusión con un preparador físico que prefiero olvidar, me di cuenta el fútbol no era para mí; no era mi sueño. Mis amigos, conocidos, familiares pegaron el grito al cielo.

¿Cómo un chico de 18 años en México renuncia al sueño de ser futbolista? Sí, reconozco también que siempre he sido un tipo raro. Podría apostar a mi derrota.

Así fue como un día agarré mis cuatro cosas y me largué de Coapa. Yo quería leer, escribir y sentía que el mundo del fútbol cada vez era demasiado superficial para mí.

Me di cuenta de que lo que me interesaba del fútbol, del deporte en general, eran las historias que sucedían alrededor de este. A mí lo que me interesaba era como jugador de extracto humilde termina diciendo uno de los discursos más hermosos de la historia: “Yo me equivoqué y pagué…La pelota no se mancha”; me interesaba contar la historia de Moacir Barbosa, el portero de la selección brasileña en aquel fatídico Maracanazo que hizo llorar a todo un país, convirtiéndose en un apestado social; me interesaba saber cómo el término “hincha” provenía de un utilero uruguayo que alentaba a su equipo con gran entusiasmo; me interesaba saber cómo la selección alemana remontó un dos a cero a Hungría en el mundial del 54 cuando comenzó a llover, siendo la expresión de la voluntad y el carácter de todo un país.

El fútbol es una forma de acercarse a las pasiones y estados de ánimo de un pueblo. Es ahí donde radica su carácter universal y lo que me interesa como escritor y aficionado.

Sin embargo, hoy asistimos a un mundial descafeinado. Un evento inaccesible para mucha gente. El negocio le robó el balón al pueblo.

Messi y Cristiano Ronaldo riéndole las gracias a un tipo como Donald Trump. La FIFA haciendo negocio con todo lo que se le ponga en frente. Restaurantes que pueden multados por sintonizar algún juego del torneo sin permiso; inspecciones inhumanas a las selecciones de Irak o Senegal, el mejor arbitro de Africa deportado sin motivo; racismo puro y duro.

Hoy el fútbol es un negocio cada vez más elitista. Pero el crimen no es perfecto: la pasión sigue siendo nuestra.

Si de algo puede servir este mundo, es para crear contrapoder. Quitémosles el balón a los señores del dinero. Contemos esa historia.

 

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