El arte de escuchar: pericia médica que agoniza
Debate y salud, columna de Jacinto Herrera León: El arte de escuchar: pericia médica que agoniza
Vivimos corriendo. Corren los pacientes, corren los médicos y corren las instituciones, obsesionadas con medir productividad en consultas acumuladas, recetas expedidas y minutos ahorrados. En esa carrera hemos dejado atrás algo elemental: escuchar. Y cuando la medicina deja de escuchar, comienza a deshumanizarse.
El paciente no llega únicamente con síntomas; llega con miedo, dudas, historia y necesidad de ser reconocido como persona. Sin embargo, con frecuencia encuentra una mirada clavada en la computadora, preguntas interrumpidas y respuestas apresuradas. Se le explora el cuerpo, pero se ignora su palabra. Después nos sorprenden la desconfianza, la falta de apego terapéutico y los errores diagnósticos. ¿Cómo comprender una enfermedad si no permitimos que quien la padece termine de contarla?
La situación es todavía más dolorosa en los adultos mayores. Muchos hablan despacio, ordenan sus recuerdos con dificultad, oyen menos o necesitan repetir una pregunta. No están quitándonos tiempo: están entregándonos información. Apresurarlos, infantilizarlos o dirigir toda la conversación al acompañante constituye una forma silenciosa de violencia. La edad no cancela la autonomía ni reduce la dignidad. La paciencia clínica no es condescendencia; es respeto.
Ciertamente, los sistemas de salud imponen agendas saturadas, burocracia interminable y consultas absurdamente breves. Pero esas condiciones no pueden convertirse en coartada permanente. También existe una responsabilidad personal. Ningún título, especialidad o tecnología sustituye la capacidad de mirar a los ojos, guardar silencio y preguntar: “¿Qué es lo que más le preocupa?”. A veces, esa pregunta revela más que una batería indiscriminada de estudios.
Escuchar tampoco significa prolongar indefinidamente cada consulta. Significa estar presente, evitar interrupciones innecesarias, confirmar que comprendimos y explicar con palabras accesibles. Dos minutos de atención verdadera pueden prevenir confusiones, duplicidad de medicamentos, complicaciones y abandono terapéutico. La escucha no retrasa la medicina: la hace más precisa, segura y eficiente.
Necesitamos un cambio radical. Las escuelas deben evaluar empatía y comunicación con el mismo rigor que anatomía o farmacología. Los hospitales deben dejar de premiar solamente el volumen y comenzar a valorar calidad, comprensión y trato digno. Los médicos debemos recuperar la humildad de reconocer que el enfermo conoce aspectos de su padecimiento que ningún expediente contiene.
El desafío exige voluntad institucional y conciencia profesional, porque detrás de cada turno existe alguien que merece tiempo, claridad, compasión y una respuesta honesta y completa.
La medicina nació del encuentro entre dos seres humanos, no entre un usuario y una pantalla. Si no recuperamos el tiempo para escuchar, podremos tener mejores equipos, algoritmos y edificios, pero ofreceremos una atención cada vez más vacía. Curar cuando sea posible, aliviar con frecuencia y escuchar siempre: ahí comienza la medicina verdaderamente humana, la que tanto nos urge promover y fomentar, antes de que nuestra generación de oro se extinga y EL FÉNIX jamás vuelva a resurgir.
