Los sonidos de la memoria (I)

Crónicas del oriente, columna de Leonel Escalante: Los sonidos de la memoria (I)

|
Compartir noticia en twitter
Compartir noticia en facebook
Compartir noticia por whatsapp
Compartir noticia por Telegram
Compartir noticia en twitter
Compartir noticia en facebook
Compartir noticia por whatsapp
Compartir noticia por Telegram

Los cambios y avances tecnológicos nos han hecho perder de la memoria muchos de aquellos sonidos que fueron parte esencial de nuestra vida cotidiana. Rara vez pensamos en la ligereza con que se han ido extinguiendo; quizá el trajín diario y la rutina nos impiden advertir que muchos de esos sonidos que marcaron a toda una generación han desaparecido para siempre.

El sonido es un fenómeno físico que estimula nuestro sentido del oído. Cualquier objeto o acción capaz de producir vibraciones audibles puede generarlo. Sin embargo, más allá de la definición científica, existen sonidos que permanecen vivos en nuestra memoria y que forman parte inseparable de nuestra historia personal.

Entre mis más nostálgicos recuerdos sonoros están aquellos que llegaban a través de la ventana de mi casa durante los ya lejanos días de la infancia. La campana de don Isidrín; el sorbetero que se anunciaba desde una esquina distante y nos daba el tiempo justo para correr a convencer al abuelo de comprarnos uno de coco o de guanábana servido en una deliciosa y crujiente barquilla dulce; el inconfundible silbato del afilador de cuchillos recorriendo pausadamente las recién adoquinadas calles; o el carretillero cuyo vehículo chirriaba al transportar, desde la antigua estación del ferrocarril, las pesadas mercancías que descargaba frente a “La Puerta del Sol”, la tienda de mi tío Alfredo Escalante.

Fui un niño de oídos atentos. Disfrutaba observar los enormes laureles del parque principal y descubrir, guiado por el trinar de algún polluelo, los nidos de los kaues ocultos entre sus ramas. Recuerdo cómo, durante las tardes gremiales de octubre, aquellas aves volaban despavoridas por el estruendo de los voladores y las “giladas”, largas sogas de hilo de henequén cargadas de cohetes, cuyo ruido las hacía perderse en el horizonte del atardecer.

Muchos otros sonidos han quedado atrapados en el tiempo y hoy sólo pueden recuperarse mediante grabaciones y fonotecas que resguardan estos tesoros audibles, convertidos ya en auténtico patrimonio sonoro. ¿Quién no recuerda el característico golpeteo del telégrafo en la mesa de trabajo del telegrafista? Yo lo conservo vivo en la memoria, al igual que el sonido de la máquina de escribir con la que realicé innumerables tareas y escribí historias y poemas sobre delgadas hojas copia separadas por papel carbón. También permanecen intactos el tintineo del teléfono de disco, la campana del recreo escolar, las sonoras palmadas del panadero con su globo sobre la cabeza, el pregón de “¡Diario, diario!” del popular voceador Carrillo y el potente silbido del tren anunciando su partida a las cuatro de la madrugada.

Lo más leído

skeleton





skeleton