El ministerio del dolor
Lecturas, columna de Julia Yerves Díaz: El ministerio del dolor
Hemos aprendido a encontrar refugio en el acto de recordar, a caminar con la memoria a los hombros y a creer que todo aquello que cargamos es una compañía amable; un abrigo invisible. ¿Qué ocurriría si en lugar de ese abrazo que reconcilia, la memoria dejara de ser hogar para convertirse en peso? Como si de pronto aquello que por tanto tiempo ha funcionado como compañía fuera una suerte de recordatorio constante de todo lo que ya no es y todo lo que ya no somos. El recuerdo nostálgico y su contrario.
Entrando en terrenos donde el subconsciente deja de protegernos, ¿qué haríamos con la idea de vivir arrastrando cajones repletos de nuestras vidas pasadas, abriéndose a cada paso, derramando aquello que creíamos archivado pero que insiste en regresar sin orden ni permiso? El caos, el golpe de realidad, el vértigo interno, ¡el frenesí del desequilibrio! Existen historias así. Historias que eligen cuerpos que a su vez se mueven en sentido del futuro porque su supervivencia depende de ello y que se encuentran en un estado constante de no avance aun cuando están en otro tiempo, otro espacio, otra vida.
En “El ministerio del dolor”, novela de la autora croata Dubravka Ugrešic, estamos frente a una historia que se lee a fragmentos y se siente de la misma manera. De esta forma, se toma la memoria del ser y se le separa de todo cuanto pueda brindar paz o calma. Ya no es refugio al que se entra sino que se convierte en un espacio que se filtra por todas partes, que invade el presente y lo vuelve absolutamente inestable.
Los personajes son varios y todos han huído de la guerra en Yugoslavia para llegar a Ámsterdam cargando no solo un idioma común sino también la nostalgia de un país deshecho po la guerra. Esa nostalgia pronto se convierte en un intento fallido por dejar atrás el pasado e integrarse a una ciudad más amable; trabajo imposible. ¿Definirse? Tarea difícil. ¿Comunicarse? Usar el inglés como puente endeble. ¿Trabajar? Se siente irreal, casi imaginario.
En una novela que dispara tanto en todos los sentidos tenemos la impresión de ser oyentes sentados a los pie de un narrador y sin éxito intentamos tomar en el aire los hilos de la historia para urdirlos nosotros mismos en una urgencia por dar sentido a un relato que se presenta de manera tan profunda, complicada y a tiempos abstracta. Fallamos, y entonces queda la espera una que se siente suspendida como si algo estuviera a punto de resolverse; pero no sucede.
