Justificaciones directivas no salvan vidas

Debate y salud, columna de Jacinto Herrera León: Justificaciones directivas no salvan vidas

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Recientemente hemos visto una serie de eventos en el sector salud, que allende de que se resuelvan a mediano o largo plazo, en la salud hospitalaria, solo existe la oportunidad en la atención, eficiencia con resultados, que dicho sea de paso, tan solo unos cuantos con formación y liderazgo, llevan a sus clínicas u hospitales a “buen puerto”. La planeación estratégica es la herramienta ideal, que crea soluciones, diseñando una ruta de acción clara.

En el ámbito de la salud existe una diferencia fundamental entre explicar un problema y resolverlo. Sin embargo, con demasiada frecuencia, las instituciones, los administradores y algunos responsables de la toma de decisiones parecen olvidar esta verdad elemental. Las explicaciones abundan; los resultados, no siempre. Y mientras las palabras se multiplican, los pacientes continúan esperando atención, diagnóstico, tratamiento y esperanza.

Toda organización enfrenta dificultades. La escasez de recursos, el crecimiento poblacional, el envejecimiento de la sociedad, la aparición de nuevas enfermedades o las limitaciones presupuestales son realidades que ningún sistema sanitario puede ignorar. Lo que resulta inadmisible es convertirlas en una excusa permanente.

El paciente que espera una cirugía no mejora porque alguien le explique las razones administrativas del retraso. La persona que no encuentra medicamentos no recupera su salud gracias a un informe técnico que describe problemas de distribución. El enfermo que aguarda una consulta especializada no obtiene alivio alguno mediante discursos que detallan obstáculos burocráticos. Las explicaciones pueden ayudar a comprender una situación, pero jamás sustituyen la obligación de resolverla.

Existe una forma de mediocridad particularmente dañina: aquella que se disfraza de análisis profundo. Es la mediocridad que produce reuniones interminables, diagnósticos repetidos y presentaciones llenas de cifras, pero incapaz de traducir el conocimiento en acciones concretas. En estos escenarios, el problema deja de ser la falta de información y se convierte en la ausencia de liderazgo.

Los grandes avances en salud no nacieron de las justificaciones, sino de la capacidad de actuar frente a la adversidad. La erradicación de enfermedades, la ampliación de coberturas de vacunación, el desarrollo de hospitales modernos y la formación de recursos humanos competentes fueron posibles gracias a personas que entendieron que la responsabilidad consiste en encontrar soluciones, no en perfeccionar excusas.

Cuando una institución se acostumbra a justificar sus deficiencias, corre el riesgo de normalizarlas. La falta de medicamentos se vuelve habitual. La saturación de servicios se considera inevitable. Los retrasos administrativos se aceptan como parte del paisaje cotidiano. Poco a poco, la resignación sustituye a la exigencia de mejora y la mediocridad encuentra terreno fértil para prosperar.

Los ciudadanos tienen derecho a recibir explicaciones transparentes, pero también tienen derecho a exigir resultados. La confianza pública no se construye con discursos elaborados ni con informes extensos; se mide en vidas atendidas, sufrimiento evitado y calidad de atención. 

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