Cuatro monstruos que amenazan el hogar

Palabra de mujer, columna de Ivette Laviada: Cuatro monstruos que amenazan el hogar

|
Compartir noticia en twitter
Compartir noticia en facebook
Compartir noticia por whatsapp
Compartir noticia por Telegram
Compartir noticia en twitter
Compartir noticia en facebook
Compartir noticia por whatsapp
Compartir noticia por Telegram

Comenzaron las vacaciones de verano. Para muchos significan descanso, viajes o días sin despertador; para otros, simplemente la oportunidad de pasar más tiempo en casa. Sea cual sea el plan, estas semanas nos ofrecen un regalo invaluable: convivir más con nuestra familia.

Aprovechamos estos días para ordenar clósets, limpiar habitaciones y deshacernos de aquello que ya no sirve. Pero quizá la limpieza más importante no sea la de la casa, sino la del corazón. Sin darnos cuenta, hay “monstruos” que se instalan poco a poco en el hogar y terminan robándonos la paz, la alegría y la unidad familiar.

El primero es la pelea constante. No hablamos de las diferencias naturales que existen en toda familia, sino de la necesidad de tener siempre la razón, de responder con orgullo o de convertir cualquier desacuerdo en una batalla. La humildad, en cambio, nos permite escuchar, reconocer nuestros errores y descubrir las virtudes del otro. Ninguna familia crece cuando todos quieren ganar; crece cuando todos aprenden a reconciliarse.

El segundo monstruo es el enojo que se acumula. Todos experimentamos frustración o coraje, pero el problema comienza cuando dejamos que esas emociones permanezcan durante días o semanas. Entonces aparecen el resentimiento, la indiferencia y la distancia afectiva. El perdón no borra lo ocurrido, pero impide que el dolor siga gobernando nuestras relaciones. Perdonar es una decisión que libera tanto al que perdona como al que es perdonado.

El tercero son las palabras que hieren. Una frase dicha con desprecio puede dejar una marca más profunda que cualquier golpe. Los insultos, las burlas, los gritos o la humillación van desgastando lentamente el corazón de quienes más amamos. En cambio, una palabra de ánimo, un “gracias”, un “perdóname” o un “te quiero” tienen el poder de reconstruir vínculos y devolver esperanza. Las palabras pueden destruir un hogar, pero también pueden sanarlo.

Finalmente, aparece el desamor, quizá el monstruo más peligroso porque suele llegar disfrazado de rutina. Dejamos de dedicar tiempo al cónyuge, de escuchar a los hijos, de interesarnos por los padres o los abuelos. El amor no se mantiene vivo por sí solo; necesita expresarse en pequeños gestos cotidianos: servir, acompañar, abrazar, escuchar, compartir una comida sin pantallas o simplemente estar presentes.

El papa León XIV ha recordado recientemente que una sociedad más humana comienza en hogares donde las personas aprenden a encontrarse de verdad. Las vacaciones pueden convertirse precisamente en ese espacio privilegiado para recuperar el diálogo, fortalecer los lazos familiares y volver a descubrir la alegría de estar juntos.

Tal vez este verano no podamos hacer el viaje soñado ni organizar grandes planes. Pero todos podemos decidir sacar de nuestra casa estos cuatro monstruos: la pelea, el enojo, las palabras que hieren y el desamor. Si logramos hacerlo, habremos realizado la limpieza más importante de todas, porque un hogar donde se cultivan el perdón, el respeto y el amor siempre será el mejor lugar para volver.

Lo más leído

skeleton





skeleton