Certezas

Salvando al fuego, columna de Enrique Vera: Certezas

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Se dice que vivimos tiempos de una polarización insoportable en nuestras sociedades. Los análisis cortos de miras afirman que este fenómeno es resultado de las maquinaciones de un líder carismático que es capaz de seducir, manipular y confrontar a las masas. Sin embargo, este hecho en sí no es la causa sino el síntoma de un modelo ecónomico y social en descomposición en donde la desigualdad es tal magnitud que pone entredicho el pacto social y las democracias liberales.

Las democracias liberales están siendo incapaces de dar respuesta a las inquietudes y malestares de sociedades cada día más hastiadas y descreidas. Los ciudadanos eligen en qué creer e incluso con qué engañarse. La mentira y la desinformación que se vierte en los medios de comunicación y las redes sociales no sólo busca engañar a las personas, sino confirmar los sesgos y las opiniones que esas personas tienen. Un ejemplo: aparece en una viñeta un señor viendo la televisión y a su lado su hija que le dice: “Papá, eso que están diciendo es mentira”. El padre le contesta: “Hija, ¿cómo va a ser mentira si es justo lo que yo  pienso?” Esa viñeta sirve perfectamente para entender cómo funcionan las noticias falsas. La mentira también tiene una función ideológica y a veces es mucho más efectiva que la verdad, desgraciadamente. 
Vivimos en una época donde los marcadores de certeza de los seres humanos se encuentran impugnados o en declive: Dios, el Estado, la familia, el trabajo. Estos elementos delimitaban a un lugar en el mundo de las personas, un sentido de identidad y pertenencia. 

El empleo representaba una remuneración con la cual cubrir nuestras necesidades, subsistir y también una fuente de reconocimiento social. Con la globalización financiera que se detonó a partir de los años 80s, la dignidad del trabajo se vio socavada. La clase trabajadora ha visto como el mantra del libre mercado solo ha servido para agravar las desigualdades en el mundo. 

Aunado a esto, existe un ideal de nuestras sociedades que se presenta como positivo, pero que lleva consigo una contrapartida muy dañina para el tejido de los lazos sociales y la comunidad: la meritocracia. Este ideal propugna que el resultado de nuestro éxito en la vida lo determina nuestro talento y esfuerzo. Una aspiración de la cual en un principio nadie estaría en contra. 

Por supuesto, se ha demostrado que la meritocracia no sólo no existe (funcionado exclusivamente como un justificante ideológico de las clases dominantes para esconder privilegios) sino que también es un ideal infructuoso en la aspiración por una sociedad igualitaria. 

La meritocracia, dada su naturaleza, no busca erradicar las condiciones de desigualdad que perpetúan injusticias sociales, sino lograr una movilidad arriba-abajo. Como señala el profesor estadounidense Michael J. Sandel, el éxito meritocrático de un jugador de beisbol afroamericano que en su infancia sufrió de discriminación y ahora tiene un alto status social gracias a su talento resuelve la raíz de la injusticia. El problema radica en el diseño de un sistema que hace que sólo se pueda huir de la injusticia a base de home runs. ¿Qué pasa con todas aquellas personas que tal vez no tienen un talento que el valor de mercado recompensa? ¿Es justo que vivan igualmente en una situación de opresión?  

Esta reflexión cuestiona la concepción del progreso e incluso el sistema de creencias que uno tiene como un simple individuo que aspira a tener un proyecto de vida. He de confesar que cuando leí la obra de Sandel sentí vértigo. 

Ahora bien, es importante señalar que si bien la metitocracia no es un concepto que debiera organizar la sociedad, la formación, el esfuerzo, la constancia, la disciplina, el sacrificio, el mérito como tal no debe ser en ningún caso descartable. De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades.

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