“A México se le respeta”

Kilómetro cero, columna de Edgar Fernando Cruz: “A México se le respeta”

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Columna de Edgar Fernando Cruz
La firme postura marca el termómetro de la relación bilateral. “A México se le respeta”, aseveró ayer miércoles la Presidenta de la República ante las polémicas declaraciones del titular de la DEA, quien afirmó sin matices que nuestro país está controlado por el narcotráfico. Desde el Palacio Nacional, la mandataria reviró con contundencia: la DEA tiene mucho que hacer en su propio territorio, donde no solo se registra el consumo de drogas más grande del planeta, sino donde también existe producción activa de sustancias. Para la jefa del Ejecutivo, se trata de un pronunciamiento de índole estrictamente política.

Esta confrontación directa confirma lo que hemos venido señalando: la temperatura política en la frontera norte ha alcanzado niveles de ebullición insostenibles. El tono sube, los micrófonos se crispan y ya nadie puede ocultar el profundo desacuerdo que fractura la relación entre ambas naciones.

La pregunta obligada que debemos hacernos hoy no es quién grita más fuerte, sino cuál es el verdadero objetivo de esta escalada. Sería de una ingenuidad pasmosa leer este conflicto únicamente como una cruzada de salud pública o un combate frontal contra las mafias de la droga. El asunto va muchísimo más allá.

Hablemos con la verdad: si aquí hay narcotráfico, allá también lo hay; si de este lado las autoridades se han coludido con las mafias, del otro lado de la frontera la red de complicidades que permite la distribución de sustancias y el lavado de dinero opera con total impunidad. Pero a esa ecuación hay que sumarle un ingrediente extra y devastador que Washington prefiere ignorar en sus discursos: las armas. El arsenal con el que los cárteles imponen su ley en suelo mexicano proviene de las armerías estadounidenses, un negocio multimillonario cobijado por su propia legislación.

La droga fluye hacia el norte porque hay un mercado gigantesco que la consume; las armas fluyen hacia el sur porque hay una industria codiciosa que las vende. Pretender que solo una parte de la frontera tiene las manos sucias es el peor acto de cinismo geopolítico.

El otro elemento innegable en este juego de presiones es el papel histórico que juegan las agencias de investigación, seguridad y espionaje de los Estados Unidos. Detrás de las siglas de la DEA, pero también del FBI y de otras oficinas de inteligencia que operan de manera directa o clandestina en todo el mundo, no solo hay un interés policiaco, sino una sofisticada herramienta de injerencia geopolítica. El pretexto de la "guerra contra las drogas" ha sido, por décadas, el caballo de Troya perfecto para presionar soberanías, forzar decisiones y someter administraciones a conveniencia del Capitolio.

Por eso, las estridentes declaraciones de aquí y de allá no pueden tomarse de forma literal. Cuando las agencias estadounidenses lanzan acusaciones flamígeras sobre complicidades y desde la presidencia mexicana se responde con el predecible escudo del orgullo soberano, debemos aprender a leer entre líneas.

Esos discursos están diseñados para el consumo de las tribunas electorales de ambos países; buscan el impacto inmediato en la opinión pública y el aplauso fácil de sus respectivos sectores. El verdadero fondo de la crisis no está en el micrófono, sino en los sótanos de la negociación bilateral: en las mesas del T-MEC, en el control de las aduanas y en el temor mutuo a lo que cada gobierno sabe del otro. El ruido es para la grada; el verdadero juego de poder se juega bajo la mesa.

Hasta aquí nuestra opinión editorial de hoy.

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