Ceguera de taller, enemigo galopante

Debate y salud, columna de Jacinto Herrera León: Ceguera de taller, enemigo galopante

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Vivimos tiempos turbulentos, pero Salud debe retomar su brújula y establecer lucha sin cuartel por salvar la eficiencia en el servicio. Existe un enemigo silencioso, instalado en oficinas, hospitales, sindicatos, direcciones y escritorios administrativos. Se alimenta de la indiferencia, de la soberbia y de la incapacidad para escuchar. Es la llamada “ceguera de taller”: esa deformación progresiva que hace perder la capacidad de reconocer errores, entender la realidad y recordar la verdadera razón de existir de las instituciones.

Cuando la ceguera de taller invade al sector salud, el daño deja de ser únicamente administrativo y se transforma en una tragedia humana. La incompetencia galopante comienza entonces a erosionar estructuras históricas, destruye la confianza de los trabajadores y condena a los pacientes a sobrevivir en sistemas cada vez más deshumanizados.

Muchas instituciones nacieron con principios nobles: servir, proteger, aliviar el dolor humano y garantizar dignidad. Sin embargo, con el paso de los años, algunos grupos directivos terminan atrapados en narrativas triunfalistas que maquillan cifras, ocultan deficiencias y convierten la autocrítica en un acto prohibido.

Se pierde la sensibilidad ante el sufrimiento cotidiano. El paciente deja de ser persona y se transforma en estadística; el médico deja de ser profesional y se convierte en número de productividad; la enfermera deja de ser sostén humano y pasa a ser pieza reemplazable dentro de una maquinaria burocrática.

La ceguera institucional tiene múltiples rostros. Se refleja en decisiones improvisadas tomadas desde escritorios alejados de la realidad clínica. El problema más grave no es únicamente la falta de recursos. Es la pérdida de conciencia moral. Cuando la incompetencia se normaliza, aparece un fenómeno todavía más peligroso: la resignación colectiva.

Los trabajadores dejan de denunciar porque sienten que nada cambiará. Los ciudadanos se acostumbran a largas esperas, maltrato o abandono. Y poco a poco la mediocridad comienza a considerarse normalidad operativa.

México y muchas regiones del país enfrentan hoy un desafío severo en materia de salud pública. La transición epidemiológica, el envejecimiento poblacional y las enfermedades crónicas demandan instituciones sólidas, transparentes y técnicamente competentes.

Sin embargo, resulta imposible avanzar cuando la visión administrativa se encuentra atrapada en discursos de autosuficiencia mientras la realidad cotidiana contradice los informes oficiales.

La soberbia institucional es enemiga de la evolución. Cada acto de negligencia administrativa tiene consecuencias clínicas reales, por eso la incompetencia en salud no es un simple defecto técnico: es un problema ético y social.

Y mientras algunos celebran aparentes éxitos administrativos, la realidad termina pasando factura en silencio. Las instituciones no mueren de un día para otro. Se deterioran lentamente cuando dejan de escuchar, dejan de sentir y dejan de recordar su verdadera razón de existir.

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