Atención médica, más allá de “ponerse la camiseta”

Debate y salud, columna de Jacinto Herrera León: Atención médica, más allá de “ponerse la camiseta”

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Durante años, en hospitales y clínicas se ha repetido una consigna aparentemente noble: “hay que ponerse la camiseta”. Con ella se pretende estimular compromiso, solidaridad y vocación de servicio. Sin embargo, cuando esa frase se utiliza para justificar jornadas extenuantes, plantillas incompletas, carencia de medicamentos, equipos averiados y decisiones administrativas improvisadas, deja de ser un llamado ético y se convierte en una forma de abuso institucional.

La atención médica de calidad exige voluntad, entrega y dedicación. También requiere formación continua, experiencia, humanismo y capacidad para escuchar al paciente. Pero ninguna de esas virtudes puede sustituir los recursos indispensables ni corregir, por sí sola, una conducción deficiente. No se salvan vidas únicamente con discursos motivacionales. Se necesita personal suficiente, insumos oportunos, espacios dignos, tecnología funcional, protocolos claros y directivos capaces de diseñar planes y estrategias efectivas.

El trabajador de la salud no es una pieza desechable ni una fuente inagotable de sacrificio. “Ponerse la camiseta”, no significa exprimirse hasta el agotamiento para compensar las fallas del sistema, significa cumplir con responsabilidad, defender una atención segura y también dignificar la profesión. Respetar los límites humanos no es falta de compromiso; es una condición necesaria para ejercer con lucidez, empatía y seguridad.

Un médico, una enfermera o cualquier integrante del equipo que trabaja sin descanso, bajo presión permanente y con temor a represalias, inevitablemente pierde capacidad de concentración, aumenta el riesgo de errores y deteriora su salud física y mental. Después, la institución suele responsabilizar al individuo por consecuencias originadas en una organización incapaz de prevenirlas.

El burnout no debe presentarse como debilidad personal ni como incapacidad para “aguantar”. Con frecuencia es el resultado visible de una pésima planeación laboral: sobrecarga crónica, turnos injustificados, liderazgo autoritario, escaso reconocimiento, falta de autonomía y ausencia de apoyo psicológico. Normalizarlo equivale a aceptar que el desgaste del personal es un costo permitido para mantener cifras y apariencias.

Los directivos eficientes no exigen heroísmo cotidiano: anticipan necesidades, distribuyen cargas, escuchan al personal, miden riesgos y corrigen procesos. Su obligación no es administrar la escasez con frases emotivas, sino crear condiciones reales para que el talento médico pueda servir sin destruirse.

Si una institución depende permanentemente de horas extras, renuncias personales y silencios obligados para funcionar, no posee una cultura de compromiso: encubre una crisis de gestión. El cansancio acumulado termina pagándolo el paciente, mientras la burocracia presume productividad construida sobre el sacrificio ajeno, físico, cotidiano, evitable.

La verdadera camiseta institucional debe llevar bordadas dos palabras: responsabilidad y dignidad. Responsabilidad para ofrecer al paciente una atención competente; dignidad para proteger a quien la brinda. Cuidar al personal sanitario no es un privilegio ni una concesión: es una estrategia de calidad, seguridad y justicia.

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