El maltrecho “Estado de las maravillas”
El maltrecho “Estado de las maravillas”, columna Debate y salud de Jacinto Herrera León
Yucatán parece haberse convertido en el “Estado de las Maravillas”, pero no precisamente por vivir una época extraordinaria, sino porque desde el poder se pretende que la sociedad crea una realidad que demasiadas veces no coincide con la que pisa todos los días.
Ya no vivimos en el Siglo XX, recuerden que la inmediatez tecnológica permite desnudar, elegantes trajes corruptos y de sus complices gobernantes, cuyas narrativas desgastadas, cada vez son menos eficaces.
El sonido sobado de su flauta de Hamelin, en lugar de auyentar, atrae más ratas de cuatro patas, que sientan reales en este parnaso sagrado.
La tierra pacífica, tranquila y orgullosa de su identidad enfrenta una transformación preocupante. Bajo discursos triunfalistas, fotografías oficiales, inauguraciones y estadísticas cuidadosamente acomodadas, persisten desigualdad, abusos, despojos, precariedad y una sensación creciente de que existen ciudadanos de primera y de segunda.
Las migajas gubernamentales disfrazadas de justicia social no pueden convertirse en anestesia colectiva ni utilizarse para insultar la inteligencia del yucateco.
Los que menos tienen continúan siendo los más vulnerables. Son víctimas de un modelo económico donde demasiadas veces el capital impone condiciones, la necesidad obliga a aceptarlas y la autoridad llega tarde, mal o simplemente observa.
Los depredadores no siempre vienen de allende fronteras; dolorosamente, algunos nacieron aquí, conocen nuestras costumbres, hablan como nosotros y aprendieron perfectamente dónde se encuentran las debilidades del sistema.
Yucatán necesita una verdadera transformación, no una escenografía. Hay que quitar máscaras, abrir expedientes, transparentar contratos, investigar irregularidades y aplicar la ley sin importar apellidos, amistades, fortunas, cargos o cercanía con el poder.
Cuando la justicia selecciona a quién mirar y a quién ignorar, deja de ser justicia para convertirse en complicidad institucional.
Este apéndice de “Alí Babá” necesita ventanas abiertas. Porque los carroñeros del presupuesto, del territorio y de la necesidad humana pueden esconderse en distintas capas del poder político, económico y burocrático. No basta cambiar personajes si permanecen intactas las prácticas que permitieron los abusos.
Querer a Yucatán no significa repartir pozole en una jícara mientras las decisiones importantes se toman lejos del ciudadano. Tampoco consiste en utilizar la cultura maya como ornamento turístico mientras comunidades enteras reclaman oportunidades, servicios, infraestructura y respeto.
Querer a Yucatán significa defender su territorio, su identidad, sus instituciones y, fundamentalmente, la dignidad de su gente.
La civilización que engrandeció esta tierra merece algo mejor que propaganda. Merece gobernantes que rindan cuentas, empresarios con responsabilidad social, servidores públicos que entiendan que administran recursos ajenos y ciudadanos dispuestos a exigir sin miedo.
Yucatán no necesita más espejos para contemplar una grandeza ficticia. Necesita justicia, transparencia y verdad. Porque un pueblo puede soportar pobreza y dificultades durante años. Lo que no debe soportar indefinidamente es que, además, pretendan convencerlo de que vive en el Estado de las Maravillas.
